domingo, 28 de junio de 2026

ELENA. LA ÚLTIMA ERMITAÑA. Colabora: Feli Cortés Aibar

 Elena, la ermitaña.

Elena, la última ermitaña de Luesia.

“En el extremo noreste del casco urbano de Luesia se alza, sobre una loma, la ermita de Ntra. Sra. La Virgen del Puyal, más conocida como La Virgen, sin más.

Durante muchos años, al menos 3 generaciones de la familia Sabalza se han dedicado a cuidar con esmero de esta ermita, manteniéndola en buenas condiciones y con su puerta abierta todo el día, para quien quisiera subir a rezar a su Virgen.

La última ermitaña fue mi abuela Elena Sabalza Fernández (1888-1962). Casada con Ángel Aibar Ornate quedó viuda y con 2 hijos pequeños cuando sólo tenía 30 años. Siguió viviendo en la pequeña casa adosada al lateral sureste de la ermita, primero con sus hijos hasta su emancipación, y después sola hasta que con más de 70 años de edad y una salud ya deteriorada se bajó a vivir con su hijo Sixto en el Barrio de San Juan, a pesar de que ella se resistía a dejar su “casica” en La Virgen. A partir de este momento su hija María siguió cuidando de la ermita, aunque no con la exclusividad que lo hacía Elena.

Elena tuvo 2 hijos:

-Sixto Aibar Sabalza, que fue sacristán de la Parroquia El Salvador de Luesia, además de carpintero. Se casó con Dolores Gimeno, hermana de Dª Pilar Gimeno, gran maestra de la escuela de niñas de Luesia, que muchas recordamos con cariño y agradecimiento. Aprovecho la aportación hecha por José Alegre, quien cuenta que Sixto, como sacristán, fue durante muchos años el padrino de bautismo de todos los nacidos en el pueblo; la madrina solía ser algún familiar femenino del recién nacido. ¿Cuántos ahijados pudo llegar a tener mi tío Sixto? Sería interesante indagar en los archivos parroquiales de Luesia para conocer este dato. Máxime sabiendo que todos los registros parroquiales posteriores a 1919 siguen depositados en la parroquia El Salvador, según me informó D. Felipe, antiguo sacerdote en Luesia y actual archivero de la Diócesis de Jaca. Sixto y su esposa Dolores emigraron a Zaragoza en la década de los 60, como tantos otros. No tuvieron hijos.

-María Aibar Sabalza, casada con Ignacio Cortés Garcés, de Casa Francho, tuvieron 4 hijos: Antonio, Feli, Carmen y María. Como es natural estaba muy pendiente de la madre y, entre otras muchas cosas, diariamente le subía el agua desde la Fuente Vieja. ¡¡Dura tarea!!

Los nietos subían con mucha frecuencia a estar con su abuela Elena. Las 2 pequeñas cuentan que todas las tardes, a la salida de la escuela, subían con su madre a casa de la abuela Elena, a tomar café con leche; por supuesto, el café era de puchero y la leche de sus propias cabras. Los mayores subían a dormir con la abuela, sobre todo en invierno, recordando haber sufrido algún que otro quemazo con el calentador que la abuela usaba para calentarles la cama…

Elena tenía como compañía a su perra Paloma. También tenía un corral en los bajos de la casa, con 2 cabras y varias gallinas, que eran para ella una buena fuente de alimentación.

Vivir allá arriba, sin agua y disponiendo de una sola y pequeña bombilla para toda la casa, no debió ser fácil, sobre todo cuando las frecuentes nevadas le impedían bajar al pueblo. Nunca se quejó y era feliz en su atalaya, desde donde divisaba todo el pueblo.

Mi abuela Elena era una mujer sencilla y buena, a la que quisimos mucho.”

 

                                                                    Autoría:                                                                                                                                                                           Feli Cortés Aibar, nieta






FELIPE OJER DE CASA JUAN DE REGUSTO. ( Escribe su hija Maite Ojer)

 Algunos/as, habréis observado el giro que está dando la ventana del Facebook Yo soy de Luesia. Vamos a potenciar lo que podemos llamar  la recuperación y conservación de  la Historia Social, la historia de la gente corriente: la vida en los Barrios, historias personales… y encajan perfectamente las vidas de luesianos y luesianas, que abandonaron su pueblo voluntaria o involuntariamente, por necesidad o por miedo… rumbo a otros destinos desconocidos. 

Este testimonio es un ejemplo y hay otros muchos. 

Hoy, tengo el honor de compartir un precioso escrito que rezuma dignidad. Un texto donde las emociones y a veces la dureza, inundan cada línea y las lágrimas emborronan los renglones.  

Un relato de amor de una hija a su padre, que quiere, valora  y recuerda. Es un homenaje entrañable, sosegado, sereno, sin ruido...  propio, de la gente buena, de la buena gente. 

Los humanos somos capaces de lo mejor y de lo peor… La sensibilidad y delicadeza de este texto, es un grito de concordia, mostrando en el cariñoso recuerdo al bueno y callado de Felipe y familia, que otro mundo es posible. 

¡Orgullo de hija! ¡Orgullo de padre!

Muchas gracias Maite, Maite Ojer, Maite Montañés. 

------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

𝚄𝙽𝙰 𝙷𝙸𝚂𝚃𝙾𝚁𝙸𝙰 𝙳𝙴 𝚂𝚄𝙿𝙴𝚁𝙰𝙲𝙸Ó𝙽. 

𝚁𝚎𝚌𝚘𝚛𝚍𝚊𝚗𝚍𝚘 𝚊 𝚖𝚒 𝚙𝚊𝚍𝚛𝚎 𝚌𝚘𝚗 𝚝𝚘𝚍𝚊 𝚖𝚒 𝚐𝚛𝚊𝚝𝚒𝚝𝚞𝚍 𝚢 𝚖𝚒 𝚌𝚊𝚛𝚒𝚗𝚘… 

𝙲𝚞𝚊𝚗𝚍𝚘 𝙰𝚕𝚏𝚘𝚗𝚜𝚘 𝚖𝚎 𝚙𝚒𝚍𝚒ó 𝚚𝚞𝚎 𝚎𝚜𝚌𝚛𝚒𝚋𝚒𝚎𝚛𝚊 𝚞𝚗 𝚊𝚛𝚝í𝚌𝚞𝚕𝚘, 𝚖𝚎 𝚚𝚞𝚎𝚍é 𝚍𝚎𝚜𝚌𝚘𝚗𝚌𝚎𝚛𝚝𝚊𝚍𝚊. 𝙽𝚘 𝚜𝚊𝚋í𝚊 𝚖𝚞𝚢 𝚋𝚒𝚎𝚗 𝚙𝚘𝚛 𝚍ó𝚗𝚍𝚎 𝚎𝚖𝚙𝚎𝚣𝚊𝚛, 𝚌ó𝚖𝚘 𝚘𝚛𝚍𝚎𝚗𝚊𝚛 𝚝𝚊𝚗𝚝𝚘𝚜 𝚛𝚎𝚌𝚞𝚎𝚛𝚍𝚘𝚜, 𝚝𝚊𝚗𝚝𝚊𝚜 𝚎𝚖𝚘𝚌𝚒𝚘𝚗𝚎𝚜. 𝙿𝚎𝚛𝚘 𝚙𝚛𝚘𝚗𝚝𝚘 𝚌𝚘𝚖𝚙𝚛𝚎𝚗𝚍í 𝚚𝚞𝚎 𝚎𝚜𝚝𝚊 𝚎𝚛𝚊 𝚞𝚗𝚊 𝚘𝚙𝚘𝚛𝚝𝚞𝚗𝚒𝚍𝚊𝚍 𝚚𝚞𝚎 𝚗𝚘 𝚙𝚘𝚍í𝚊 𝚍𝚎𝚓𝚊𝚛 𝚙𝚊𝚜𝚊𝚛: 𝚕𝚊 𝚍𝚎 𝚑𝚘𝚗𝚛𝚊𝚛 𝚕𝚊 𝚖𝚎𝚖𝚘𝚛𝚒𝚊 𝚢 𝚎𝚕 𝚕𝚎𝚐𝚊𝚍𝚘 𝚍𝚎 𝚖𝚒𝚜 𝚙𝚊𝚍𝚛𝚎𝚜, 𝚎𝚗 𝚙𝚊𝚛𝚝𝚒𝚌𝚞𝚕𝚊𝚛 𝚍𝚎 𝚞𝚗 𝚑𝚘𝚖𝚋𝚛𝚎 𝚚𝚞𝚎 𝚏𝚞𝚎 𝚐𝚛𝚊𝚗𝚍𝚎 𝚗𝚘 𝚙𝚘𝚛 𝚕𝚘 𝚚𝚞𝚎 𝚝𝚞𝚟𝚘, 𝚜𝚒𝚗𝚘 𝚙𝚘𝚛 𝚕𝚘 𝚚𝚞𝚎 𝚜𝚞𝚙𝚘 𝚛𝚎𝚜𝚒𝚜𝚝𝚒𝚛, 𝚌𝚘𝚗𝚜𝚝𝚛𝚞𝚒𝚛 𝚢 𝚎𝚗𝚝𝚛𝚎𝚐𝚊𝚛. 𝙴𝚜𝚎 𝚑𝚘𝚖𝚋𝚛𝚎 𝚎𝚛𝚊 𝚖𝚒 𝚙𝚊𝚍𝚛𝚎, 𝙵𝚎𝚕𝚒𝚙𝚎, 𝙵𝚎𝚕𝚒𝚙𝚎 𝚍𝚎 𝚌𝚊𝚜𝚊 𝙹𝚞𝚊𝚗 𝚍𝚎 𝚁𝚎𝚐𝚞𝚜𝚝𝚘. 


𝙽𝚊𝚌𝚒ó 𝚎𝚗 𝙻𝚞𝚎𝚜𝚒𝚊, 𝚞𝚗 𝚙𝚎𝚚𝚞𝚎ñ𝚘 𝚙𝚞𝚎𝚋𝚕𝚘 𝚚𝚞𝚎 𝚗𝚞𝚗𝚌𝚊 𝚊𝚋𝚊𝚗𝚍𝚘𝚗ó 𝚍𝚎𝚕 𝚝𝚘𝚍𝚘, 𝚊𝚞𝚗𝚚𝚞𝚎 𝚕𝚊 𝚟𝚒𝚍𝚊 𝚕𝚘 𝚎𝚖𝚙𝚞𝚓𝚊𝚛𝚊 𝚕𝚎𝚓𝚘𝚜. 𝙴𝚗 𝚎𝚕 𝚟𝚎𝚛𝚊𝚗𝚘 𝚍𝚎 𝟷𝟿𝟹𝟼, 𝚕𝚊 𝚐𝚞𝚎𝚛𝚛𝚊 𝚕𝚘 𝚊𝚛𝚛𝚊𝚗𝚌ó 𝚍𝚎 𝚜𝚞𝚜 𝚛𝚊í𝚌𝚎𝚜 𝚜𝚒𝚎𝚗𝚍𝚘 𝚖𝚞𝚢 𝚓𝚘𝚟𝚎𝚗… 𝙰𝚕 𝚏𝚒𝚗𝚊𝚕𝚒𝚣𝚊𝚛 𝚕𝚊 𝚐𝚞𝚎𝚛𝚛𝚊, 𝚏𝚞𝚎 𝚞𝚗𝚘 𝚍𝚎 𝚕𝚘𝚜 𝚖𝚞𝚌𝚑𝚘𝚜 𝚎𝚜𝚙𝚊ñ𝚘𝚕𝚎𝚜 𝚚𝚞𝚎 𝚌𝚛𝚞𝚣𝚊𝚛𝚘𝚗 𝚕𝚘𝚜 𝙿𝚒𝚛𝚒𝚗𝚎𝚘𝚜 𝚊 𝚙𝚒𝚎, 𝚍𝚎𝚓𝚊𝚗𝚍𝚘 𝚊𝚝𝚛á𝚜 𝚜𝚞 𝚝𝚒𝚎𝚛𝚛𝚊, 𝚜𝚞 𝚐𝚎𝚗𝚝𝚎, 𝚜𝚞 𝚟𝚒𝚍𝚊 𝚎𝚗𝚝𝚎𝚛𝚊, 𝚎𝚖𝚙𝚞𝚓𝚊𝚍𝚘𝚜 𝚙𝚘𝚛 𝚎𝚕 𝚖𝚒𝚎𝚍𝚘 𝚢 𝚕𝚊 𝚗𝚎𝚌𝚎𝚜𝚒𝚍𝚊𝚍 𝚍𝚎 𝚜𝚘𝚋𝚛𝚎𝚟𝚒𝚟𝚒𝚛. 𝙻𝚕𝚎𝚐ó 𝚊 𝙵𝚛𝚊𝚗𝚌𝚒𝚊 𝚜𝚒𝚗 𝚗𝚊𝚍𝚊: 𝚜𝚒𝚗 𝚌𝚘𝚗𝚘𝚌𝚎𝚛 𝚎𝚕 𝚒𝚍𝚒𝚘𝚖𝚊, 𝚜𝚒𝚗 𝚏𝚊𝚖𝚒𝚕𝚒𝚊, 𝚜𝚒𝚗 𝚌𝚎𝚛𝚝𝚎𝚣𝚊𝚜. 𝚂𝚘𝚕𝚘 𝚕𝚕𝚎𝚟𝚊𝚋𝚊 𝚌𝚘𝚗𝚜𝚒𝚐𝚘 𝚞𝚗𝚊 𝚟𝚘𝚕𝚞𝚗𝚝𝚊𝚍 𝚏é𝚛𝚛𝚎𝚊 𝚢 𝚞𝚗𝚊 𝚍𝚒𝚐𝚗𝚒𝚍𝚊𝚍 𝚚𝚞𝚎 𝚗𝚞𝚗𝚌𝚊 𝚙𝚎𝚛𝚍𝚒ó. 

𝙰 𝚟𝚎𝚌𝚎𝚜 𝚍𝚎𝚌í𝚊 𝚚𝚞𝚎 𝚎𝚗 𝚊𝚚𝚞𝚎𝚕𝚕𝚘𝚜 𝚊ñ𝚘𝚜 𝚝𝚞𝚟𝚘 𝚚𝚞𝚎 “𝚘𝚕𝚟𝚒𝚍𝚊𝚛 𝚜𝚞𝚏𝚛𝚒𝚎𝚗𝚍𝚘 𝚢 𝚊𝚙𝚛𝚎𝚗𝚍𝚎𝚛 𝚎𝚗 𝚎𝚕 𝚜𝚞𝚏𝚛𝚒𝚖𝚒𝚎𝚗𝚝𝚘”. 𝚈 𝚎𝚗 𝚎𝚜𝚊 𝚏𝚛𝚊𝚜𝚎 𝚌𝚊𝚋í𝚊 𝚝𝚘𝚍𝚊 𝚞𝚗𝚊 𝚟𝚒𝚍𝚊. 𝙵𝚛𝚊𝚗𝚌𝚒𝚊, 𝚍𝚎𝚜𝚋𝚘𝚛𝚍𝚊𝚍𝚊 𝚊𝚗𝚝𝚎 𝚕𝚊 𝚕𝚕𝚎𝚐𝚊𝚍𝚊 𝚖𝚊𝚜𝚒𝚟𝚊 𝚍𝚎 𝚛𝚎𝚏𝚞𝚐𝚒𝚊𝚍𝚘𝚜, 𝚗𝚘 𝚎𝚜𝚝𝚊𝚋𝚊 𝚙𝚛𝚎𝚙𝚊𝚛𝚊𝚍𝚊 𝚙𝚊𝚛𝚊 𝚊𝚌𝚘𝚐𝚎𝚛𝚕𝚘𝚜 𝚢 𝚕𝚘𝚜 𝚒𝚗𝚝𝚎𝚛𝚗ó 𝚎𝚗 𝚌𝚊𝚖𝚙𝚘𝚜 𝚒𝚖𝚙𝚛𝚘𝚟𝚒𝚜𝚊𝚍𝚘𝚜, 𝚍𝚘𝚗𝚍𝚎 𝚕𝚊𝚜 𝚌𝚘𝚗𝚍𝚒𝚌𝚒𝚘𝚗𝚎𝚜 𝚎𝚛𝚊𝚗 𝚍𝚞𝚛í𝚜𝚒𝚖𝚊𝚜, 𝚌𝚊𝚜𝚒 𝚒𝚗𝚑𝚞𝚖𝚊𝚗𝚊𝚜. 𝙴𝚗 𝚎𝚕 𝚌𝚊𝚖𝚙𝚘 𝚍𝚎 𝙶𝚞𝚛𝚜 𝚌𝚘𝚗𝚘𝚌𝚒ó 𝚎𝚕 𝚏𝚛í𝚘, 𝚎𝚕 𝚑𝚊𝚖𝚋𝚛𝚎 𝚢 𝚕𝚊 𝚒𝚗𝚌𝚎𝚛𝚝𝚒𝚍𝚞𝚖𝚋𝚛𝚎, 𝚙𝚎𝚛𝚘 𝚝𝚊𝚖𝚋𝚒é𝚗, 𝚍𝚎 𝚊𝚕𝚐ú𝚗 𝚖𝚘𝚍𝚘, 𝚎𝚕 𝚒𝚗𝚒𝚌𝚒𝚘 𝚍𝚎 𝚞𝚗 𝚗𝚞𝚎𝚟𝚘 𝚍𝚎𝚜𝚝𝚒𝚗𝚘. 

𝚄𝚗 𝚝𝚎𝚛𝚛𝚊𝚝𝚎𝚗𝚒𝚎𝚗𝚝𝚎 𝚍𝚎 𝙾𝚜𝚜𝚞𝚗 (𝚙𝚞𝚎𝚋𝚕𝚘 𝚌𝚎𝚛𝚌𝚊𝚗𝚘 𝚊 𝙻𝚘𝚞𝚛𝚍𝚎𝚜) 𝚜𝚎 𝚏𝚒𝚓ó 𝚎𝚗 é𝚕 𝚢 𝚕𝚎 𝚘𝚏𝚛𝚎𝚌𝚒ó 𝚝𝚛𝚊𝚋𝚊𝚓𝚘 𝚎𝚗 𝚜𝚞 𝚏𝚒𝚗𝚌𝚊 𝚚𝚞𝚎 𝚎𝚜𝚝𝚊𝚋𝚊 𝚎𝚗 𝚕𝚊𝚜 𝚊𝚏𝚞𝚎𝚛𝚊𝚜 𝚍𝚎𝚕 𝚙𝚞𝚎𝚋𝚕𝚘. 𝙵𝚛𝚊𝚗𝚌𝚒𝚊, 𝚝𝚛𝚊𝚜 𝚎𝚕 𝚒𝚗𝚒𝚌𝚒𝚘 𝚍𝚎 𝚕𝚊 𝚂𝚎𝚐𝚞𝚗𝚍𝚊 𝙶𝚞𝚎𝚛𝚛𝚊 𝙼𝚞𝚗𝚍𝚒𝚊𝚕, 𝚗𝚎𝚌𝚎𝚜𝚒𝚝𝚊𝚋𝚊 𝚖𝚊𝚗𝚘𝚜, 𝚢 𝚕𝚘𝚜 𝚎𝚜𝚙𝚊𝚗𝚘𝚕𝚎𝚜, 𝚌𝚞𝚛𝚝𝚒𝚍𝚘𝚜 𝚎𝚗 𝚎𝚕 𝚝𝚛𝚊𝚋𝚊𝚓𝚘 𝚍𝚎𝚕 𝚌𝚊𝚖𝚙𝚘, 𝚜𝚞𝚙𝚒𝚎𝚛𝚘𝚗 𝚍𝚎𝚖𝚘𝚜𝚝𝚛𝚊𝚛 𝚖𝚞𝚢 𝚙𝚛𝚘𝚗𝚝𝚘 𝚜𝚞 𝚟𝚊𝚕í𝚊. 

𝚂𝚒𝚗 𝚎𝚖𝚋𝚊𝚛𝚐𝚘, 𝚕𝚊 𝚐𝚞𝚎𝚛𝚛𝚊, 𝚎𝚜𝚝𝚊 𝚟𝚎𝚣 𝚎𝚗𝚝𝚛𝚎 𝙵𝚛𝚊𝚗𝚌𝚒𝚊 𝚢 𝙰𝚕𝚎𝚖𝚊𝚗𝚒𝚊, 𝚕𝚎 𝚊𝚕𝚌𝚊𝚗𝚣ó 𝚍𝚎 𝚗𝚞𝚎𝚟𝚘. 𝙼𝚒 𝚙𝚊𝚍𝚛𝚎 𝚏𝚞𝚎 𝚑𝚎𝚌𝚑𝚘 𝚙𝚛𝚒𝚜𝚒𝚘𝚗𝚎𝚛𝚘 𝚙𝚘𝚛 𝚕𝚘𝚜 𝚗𝚊𝚣𝚒𝚜 𝚢 𝚎𝚗𝚟𝚒𝚊𝚍𝚘 𝚑𝚊𝚌𝚒𝚊 𝙰𝚕𝚎𝚖𝚊𝚗𝚒𝚊. 𝙳𝚞𝚛𝚊𝚗𝚝𝚎 𝚊𝚚𝚞𝚎𝚕 𝚟𝚒𝚊𝚓𝚎, 𝚎𝚗 𝚊𝚕𝚐ú𝚗 𝚕𝚞𝚐𝚊𝚛 𝚍𝚎𝚕 𝚗𝚘𝚛𝚝𝚎 𝚍𝚎 𝙵𝚛𝚊𝚗𝚌𝚒𝚊, 𝚕𝚘𝚐𝚛ó 𝚎𝚜𝚌𝚊𝚙𝚊𝚛 𝚓𝚞𝚗𝚝𝚘 𝚊 𝚍𝚘𝚜 𝚌𝚘𝚖𝚙𝚊𝚗𝚎𝚛𝚘𝚜. 𝙰𝚙𝚎𝚗𝚊𝚜 𝚑𝚊𝚋𝚕ó 𝚗𝚞𝚗𝚌𝚊 𝚍𝚎 𝚊𝚚𝚞𝚎𝚕𝚕𝚘𝚜 𝚍í𝚊𝚜, 𝚙𝚎𝚛𝚘 𝚒𝚖𝚊𝚐𝚒𝚗𝚘 𝚎𝚕 𝚖𝚒𝚎𝚍𝚘 𝚢 𝚕𝚊 𝚊𝚗𝚐𝚞𝚜𝚝𝚒𝚊 𝚌𝚘𝚗𝚜𝚝𝚊𝚗𝚝𝚎 𝚚𝚞𝚎 𝚍𝚎𝚋𝚒ó 𝚙𝚊𝚜𝚊𝚛. 𝙰ú𝚗 𝚊𝚜í, 𝚌𝚘𝚗𝚜𝚒𝚐𝚞𝚒ó 𝚛𝚎𝚐𝚛𝚎𝚜𝚊𝚛 𝚊 𝙾𝚜𝚜𝚞𝚗, 𝚐𝚞𝚒𝚊𝚍𝚘 𝚚𝚞𝚒𝚣á 𝚙𝚘𝚛 𝚕𝚊 𝚗𝚎𝚌𝚎𝚜𝚒𝚍𝚊𝚍 𝚍𝚎 𝚟𝚘𝚕𝚟𝚎𝚛 𝚊𝚕 ú𝚗𝚒𝚌𝚘 𝚕𝚞𝚐𝚊𝚛 𝚍𝚘𝚗𝚍𝚎 𝚑𝚊𝚋í𝚊 𝚎𝚖𝚙𝚎𝚣𝚊𝚍𝚘 𝚊 𝚛𝚎𝚌𝚘𝚗𝚜𝚝𝚛𝚞𝚒𝚛 𝚜𝚞 𝚟𝚒𝚍𝚊. 𝙰𝚕𝚕í, 𝚎𝚕 𝚝𝚎𝚛𝚛𝚊𝚝𝚎𝚗𝚒𝚎𝚗𝚝𝚎 𝚚𝚞𝚎 𝚝𝚒𝚎𝚖𝚙𝚘 𝚊𝚝𝚛á𝚜 𝚕𝚎 𝚑𝚊𝚋í𝚊 𝚝𝚎𝚗𝚍𝚒𝚍𝚘 𝚕𝚊 𝚖𝚊𝚗𝚘 𝚟𝚘𝚕𝚟𝚒ó 𝚊 𝚊𝚌𝚘𝚐𝚎𝚛𝚕𝚘 𝚢 𝚕𝚎 𝚊𝚢𝚞𝚍ó 𝚊 𝚛𝚎𝚐𝚞𝚕𝚊𝚛𝚒𝚣𝚊𝚛 𝚜𝚞 𝚜𝚒𝚝𝚞𝚊𝚌𝚒ó𝚗. 

𝙰𝚜í 𝚌𝚘𝚖𝚎𝚗𝚣ó 𝚞𝚗𝚊 𝚗𝚞𝚎𝚟𝚊 𝚎𝚝𝚊𝚙𝚊 𝚑𝚎𝚌𝚑𝚊 𝚍𝚎 𝚝𝚛𝚊𝚋𝚊𝚓𝚘 𝚒𝚗𝚌𝚊𝚗𝚜𝚊𝚋𝚕𝚎, 𝚍𝚎 𝚜𝚊𝚌𝚛𝚒𝚏𝚒𝚌𝚒𝚘𝚜 𝚜𝚒𝚕𝚎𝚗𝚌𝚒𝚘𝚜𝚘𝚜 𝚢 𝚍𝚎 𝚞𝚗𝚊 𝚎𝚜𝚙𝚎𝚛𝚊𝚗𝚣𝚊 𝚑𝚞𝚖𝚒𝚕𝚍𝚎, 𝚙𝚎𝚛𝚘 𝚏𝚒𝚛𝚖𝚎.

𝙴𝚗 𝚊𝚐𝚘𝚜𝚝𝚘 𝚍𝚎𝚕 𝟺𝟽, 𝚖𝚒 𝚖𝚊𝚍𝚛𝚎 𝚢 𝚖𝚒 𝚑𝚎𝚛𝚖𝚊𝚗𝚊 𝚌𝚘𝚗𝚜𝚒𝚐𝚞𝚒𝚎𝚛𝚘𝚗 𝚙𝚘𝚛 𝚏𝚒𝚗 𝚛𝚎𝚞𝚗𝚒𝚛𝚜𝚎 𝚌𝚘𝚗 é𝚕, 𝚌𝚛𝚞𝚣𝚊𝚗𝚍𝚘 𝚝𝚊𝚖𝚋𝚒é𝚗 𝚕𝚘𝚜 𝙿𝚒𝚛𝚒𝚗𝚎𝚘𝚜 𝚊 𝚙𝚒𝚎 𝚑𝚊𝚜𝚝𝚊 𝚕𝚕𝚎𝚐𝚊𝚛 𝚊 𝚂𝚊𝚗𝚝𝚊 𝙴𝚗𝚐𝚛𝚊𝚌𝚒𝚊. 𝙰𝚚𝚞𝚎𝚕 𝚛𝚎𝚎𝚗𝚌𝚞𝚎𝚗𝚝𝚛𝚘, 𝚏𝚛𝚞𝚝𝚘 𝚍𝚎𝚕 𝚌𝚘𝚛𝚊𝚓𝚎 𝚢 𝚕𝚊 𝚍𝚎𝚝𝚎𝚛𝚖𝚒𝚗𝚊𝚌𝚒ó𝚗, 𝚖𝚊𝚛𝚌ó 𝚎𝚕 𝚌𝚘𝚖𝚒𝚎𝚗𝚣𝚘 𝚍𝚎 𝚞𝚗𝚊 𝚟𝚒𝚍𝚊 𝚎𝚗 𝚌𝚘𝚖ú𝚗 𝚕𝚎𝚟𝚊𝚗𝚝𝚊𝚍𝚊 𝚍𝚎𝚜𝚍𝚎 𝚌𝚎𝚛𝚘. 𝙼𝚒𝚜 𝚙𝚊𝚍𝚛𝚎𝚜 𝚝𝚛𝚊𝚋𝚊𝚓𝚊𝚛𝚘𝚗 𝚍𝚎 𝚜𝚘𝚕 𝚊 𝚜𝚘𝚕, 𝚜𝚒𝚗 𝚍𝚎𝚜𝚌𝚊𝚗𝚜𝚘, 𝚜𝚒𝚗 𝚏𝚎𝚜𝚝𝚒𝚟𝚘𝚜, 𝚌𝚘𝚗𝚜𝚝𝚛𝚞𝚢𝚎𝚗𝚍𝚘 𝚙𝚘𝚌𝚘 𝚊 𝚙𝚘𝚌𝚘 𝚞𝚗𝚊 𝚟𝚒𝚍𝚊 𝚍𝚒𝚐𝚗𝚊 𝚊 𝚏𝚞𝚎𝚛𝚣𝚊 𝚍𝚎 𝚜𝚊𝚌𝚛𝚒𝚏𝚒𝚌𝚒𝚘. 

𝙳𝚎 𝚖𝚒 𝚙𝚊𝚍𝚛𝚎 𝚊𝚙𝚛𝚎𝚗𝚍𝚒𝚖𝚘𝚜 𝚕𝚘 𝚎𝚜𝚎𝚗𝚌𝚒𝚊𝚕. 𝙽𝚘 𝚊 𝚝𝚛𝚊𝚟é𝚜 𝚍𝚎 𝚐𝚛𝚊𝚗𝚍𝚎𝚜 𝚍𝚒𝚜𝚌𝚞𝚛𝚜𝚘𝚜, 𝚜𝚒𝚗𝚘 𝚎𝚗 𝚐𝚎𝚜𝚝𝚘𝚜, 𝚎𝚗 𝚙𝚊𝚕𝚊𝚋𝚛𝚊𝚜 𝚜𝚎𝚗𝚌𝚒𝚕𝚕𝚊𝚜 𝚚𝚞𝚎 𝚜𝚎 𝚚𝚞𝚎𝚍𝚊𝚋𝚊𝚗 𝚙𝚊𝚛𝚊 𝚜𝚒𝚎𝚖𝚙𝚛𝚎. “𝙷𝚒𝚓𝚘𝚜 𝚖í𝚘𝚜, 𝚜𝚒 𝚍𝚎𝚜𝚝𝚊𝚌á𝚒𝚜, 𝚚𝚞𝚎 𝚜𝚎𝚊 𝚜𝚒𝚎𝚖𝚙𝚛𝚎 𝚙𝚘𝚛 𝚊𝚕𝚐𝚘 𝚋𝚞𝚎𝚗𝚘”, 𝚗𝚘𝚜 𝚛𝚎𝚙𝚎𝚝í𝚊. 𝚈 𝚎𝚗 𝚎𝚜𝚊 𝚏𝚛𝚊𝚜𝚎 𝚎𝚜𝚝𝚊𝚋𝚊 𝚝𝚘𝚍𝚘: 𝚕𝚊 𝚑𝚘𝚗𝚛𝚊𝚍𝚎𝚣, 𝚎𝚕 𝚛𝚎𝚜𝚙𝚎𝚝𝚘, 𝚕𝚊 𝚟𝚘𝚕𝚞𝚗𝚝𝚊𝚍 𝚍𝚎 𝚑𝚊𝚌𝚎𝚛 𝚕𝚊𝚜 𝚌𝚘𝚜𝚊𝚜 𝚋𝚒𝚎𝚗 𝚜𝚒𝚗 𝚗𝚎𝚌𝚎𝚜𝚒𝚍𝚊𝚍 𝚍𝚎 𝚛𝚎𝚌𝚘𝚗𝚘𝚌𝚒𝚖𝚒𝚎𝚗𝚝𝚘. 

𝙲𝚞𝚊𝚗𝚍𝚘 𝚎𝚖𝚙𝚎𝚣𝚊𝚖𝚘𝚜 𝚕𝚊 𝚎𝚜𝚌𝚞𝚎𝚕𝚊, 𝚖𝚒𝚜 𝚙𝚊𝚍𝚛𝚎𝚜 𝚜𝚎 𝚏𝚞𝚎𝚛𝚘𝚗 𝚊 𝚟𝚒𝚟𝚒𝚛 𝚊𝚕 𝚙𝚞𝚎𝚋𝚕𝚘. 𝙿𝚞𝚍𝚒𝚎𝚛𝚘𝚗 𝚌𝚘𝚖𝚙𝚛𝚊𝚛 𝚞𝚗𝚊 𝚌𝚊𝚜𝚒𝚝𝚊 𝚌𝚘𝚗 𝚑𝚞𝚎𝚛𝚝𝚘 𝚢 𝚖𝚒 𝚙𝚊𝚍𝚛𝚎 𝚎𝚗𝚌𝚘𝚗𝚝𝚛ó 𝚝𝚛𝚊𝚋𝚊𝚓𝚘 𝚎𝚗 𝚞𝚗𝚊 𝚏á𝚋𝚛𝚒𝚌𝚊. 𝙶𝚛𝚊𝚌𝚒𝚊𝚜 𝚊 𝚜𝚞 𝚋𝚞𝚎𝚗 𝚑𝚊𝚌𝚎𝚛, 𝚗𝚘 𝚝𝚊𝚛𝚍𝚊𝚛𝚘𝚗 𝚎𝚗 𝚐𝚊𝚗𝚊𝚛𝚜𝚎 𝚕𝚊 𝚌𝚘𝚗𝚏𝚒𝚊𝚗𝚣𝚊 𝚢 𝚎𝚕 𝚛𝚎𝚜𝚙𝚎𝚝𝚘 𝚍𝚎 𝚝𝚘𝚍𝚘𝚜; 𝚙𝚘𝚌𝚘 𝚊 𝚙𝚘𝚌𝚘 𝚍𝚎𝚓𝚊𝚖𝚘𝚜 𝚍𝚎 𝚜𝚎𝚛 “𝚕𝚘𝚜 𝚎𝚜𝚙𝚊ñ𝚘𝚕𝚎𝚜” 𝚙𝚊𝚛𝚊 𝚒𝚗𝚝𝚎𝚐𝚛𝚊𝚛𝚗𝚘𝚜 𝚌𝚘𝚖𝚘 𝚞𝚗𝚊 𝚏𝚊𝚖𝚒𝚕𝚒𝚊 𝚖á𝚜. 

𝚈, 𝚜𝚒𝚗 𝚎𝚖𝚋𝚊𝚛𝚐𝚘, 𝚞𝚗𝚊 𝚙𝚊𝚛𝚝𝚎 𝚍𝚎 é𝚕 𝚙𝚎𝚛𝚖𝚊𝚗𝚎𝚌í𝚊 𝚎𝚗 𝙻𝚞𝚎𝚜𝚒𝚊. 𝙰𝚚𝚞𝚎𝚕 𝚙𝚞𝚎𝚋𝚕𝚘 𝚗𝚘 𝚎𝚛𝚊 𝚜𝚘𝚕𝚘 𝚞𝚗 𝚕𝚞𝚐𝚊𝚛, 𝚎𝚛𝚊 𝚙𝚊𝚛𝚝𝚎 𝚍𝚎 𝚜𝚞 𝚒𝚍𝚎𝚗𝚝𝚒𝚍𝚊𝚍, 𝚍𝚎 𝚜𝚞 𝚑𝚒𝚜𝚝𝚘𝚛𝚒𝚊, 𝚍𝚎 𝚜𝚞 𝚌𝚘𝚛𝚊𝚣ó𝚗. 𝙽𝚞𝚗𝚌𝚊 𝚍𝚎𝚓ó 𝚍𝚎 𝚗𝚘𝚖𝚋𝚛𝚊𝚛𝚕𝚘 𝚌𝚘𝚗 𝚌𝚊𝚛𝚒ñ𝚘, 𝚗𝚒 𝚍𝚎 𝚛𝚎𝚌𝚘𝚛𝚍𝚊𝚛 𝚊 𝚕𝚘𝚜 𝚜𝚞𝚢𝚘𝚜. 

𝙹𝚊𝚖á𝚜 𝚍𝚞𝚍ó 𝚎𝚗 𝚊𝚋𝚛𝚒𝚛 𝚕𝚊𝚜 𝚙𝚞𝚎𝚛𝚝𝚊𝚜 𝚍𝚎 𝚜𝚞 𝚌𝚊𝚜𝚊 𝚊 𝚌𝚞𝚊𝚕𝚚𝚞𝚒𝚎𝚛 𝚕𝚞𝚎𝚜𝚒𝚊𝚗𝚘 𝚚𝚞𝚎 𝚕𝚘 𝚗𝚎𝚌𝚎𝚜𝚒𝚝𝚊𝚛𝚊. 𝙽𝚘𝚜 𝚝𝚛𝚊𝚗𝚜𝚖𝚒𝚝𝚒ó 𝚎𝚜𝚎 𝚊𝚖𝚘𝚛 𝚌𝚘𝚖𝚘 𝚜𝚎 𝚝𝚛𝚊𝚗𝚜𝚖𝚒𝚝𝚎𝚗 𝚕𝚊𝚜 𝚌𝚘𝚜𝚊𝚜 𝚟𝚎𝚛𝚍𝚊𝚍𝚎𝚛𝚊𝚖𝚎𝚗𝚝𝚎 𝚒𝚖𝚙𝚘𝚛𝚝𝚊𝚗𝚝𝚎𝚜: 𝚜𝚒𝚗 𝚒𝚖𝚙𝚘𝚗𝚎𝚛𝚜𝚎, 𝚙𝚎𝚛𝚘 𝚌𝚊𝚕𝚊𝚗𝚍𝚘 𝚑𝚘𝚗𝚍𝚘. 𝙲𝚊𝚍𝚊 𝚟𝚎𝚣 𝚚𝚞𝚎 í𝚋𝚊𝚖𝚘𝚜 𝚍𝚎 𝚟𝚊𝚌𝚊𝚌𝚒𝚘𝚗𝚎𝚜, 𝚝𝚘𝚍𝚘 𝚗𝚘𝚜 𝚙𝚊𝚛𝚎𝚌í𝚊 𝚍𝚒𝚜𝚝𝚒𝚗𝚝𝚘, 𝚌𝚊𝚜𝚒 𝚕𝚞𝚖𝚒𝚗𝚘𝚜𝚘: 𝚕𝚊 𝚌𝚊𝚕𝚒𝚍𝚎𝚣 𝚍𝚎 𝚕𝚊 𝚐𝚎𝚗𝚝𝚎, 𝚕𝚊 𝚜𝚎𝚗𝚌𝚒𝚕𝚕𝚎𝚣, 𝚕𝚊𝚜 𝚌𝚊𝚕𝚕𝚎𝚜, 𝚕𝚊𝚜 𝚌𝚘𝚜𝚝𝚞𝚖𝚋𝚛𝚎𝚜, 𝚎𝚕 𝚖𝚘𝚗𝚝𝚎… 𝙴𝚛𝚊 𝚞𝚗 𝚖𝚞𝚗𝚍𝚘 𝚚𝚞𝚎, 𝚊𝚞𝚗𝚚𝚞𝚎 𝚗𝚘 𝚎𝚛𝚊 𝚎𝚕 𝚗𝚞𝚎𝚜𝚝𝚛𝚘 𝚌𝚘𝚝𝚒𝚍𝚒𝚊𝚗𝚘, 𝚜𝚎𝚗𝚝í𝚊𝚖𝚘𝚜 𝚙𝚛𝚘𝚏𝚞𝚗𝚍𝚊𝚖𝚎𝚗𝚝𝚎 𝚌𝚘𝚖𝚘 𝚙𝚛𝚘𝚙𝚒𝚘. 

𝚂𝚘ñ𝚊𝚋𝚊 𝚌𝚘𝚗 𝚙𝚊𝚜𝚊𝚛 𝚊𝚕𝚕í 𝚙𝚊𝚛𝚝𝚎 𝚍𝚎 𝚜𝚞𝚜 ú𝚕𝚝𝚒𝚖𝚘𝚜 𝚊ñ𝚘𝚜, 𝚎𝚗 𝚜𝚞 𝚌𝚊𝚜𝚊 𝚍𝚎 𝚕𝚊 𝚙𝚕𝚊𝚣𝚊, 𝚛𝚎𝚌𝚘𝚗𝚌𝚒𝚕𝚒𝚊𝚍𝚘 𝚌𝚘𝚗 𝚎𝚕 𝚝𝚒𝚎𝚖𝚙𝚘. 𝙿𝚎𝚛𝚘 𝚕𝚊 𝚟𝚒𝚍𝚊, 𝚊 𝚟𝚎𝚌𝚎𝚜, 𝚗𝚘 𝚌𝚘𝚗𝚌𝚎𝚍𝚎 𝚕𝚘 𝚚𝚞𝚎 𝚖á𝚜 𝚜𝚎 𝚊𝚗𝚑𝚎𝚕𝚊. 𝙳𝚎𝚜𝚙𝚞é𝚜 𝚍𝚎 𝚝𝚊𝚗𝚝𝚘𝚜 𝚊ñ𝚘𝚜 𝚍𝚎 𝚕𝚞𝚌𝚑𝚊 𝚢 𝚝𝚛𝚊𝚋𝚊𝚓𝚘, 𝚖𝚞𝚛𝚒ó 𝚊𝚙𝚎𝚗𝚊𝚜 𝚌𝚞𝚊𝚝𝚛𝚘 𝚖𝚎𝚜𝚎𝚜 𝚍𝚎𝚜𝚙𝚞é𝚜 𝚍𝚎 𝚓𝚞𝚋𝚒𝚕𝚊𝚛𝚜𝚎.  𝙰𝚚𝚞𝚎𝚕𝚕𝚊 𝚙é𝚛𝚍𝚒𝚍𝚊 𝚏𝚞𝚎 𝚝𝚊𝚗 𝚛𝚎𝚙𝚎𝚗𝚝𝚒𝚗𝚊 𝚌𝚘𝚖𝚘 𝚍𝚘𝚕𝚘𝚛𝚘𝚜𝚊, 𝚌𝚘𝚖𝚘 𝚜𝚒 𝚎𝚕 𝚍𝚎𝚜𝚝𝚒𝚗𝚘 𝚑𝚞𝚋𝚒𝚎𝚛𝚊 𝚍𝚎𝚌𝚒𝚍𝚒𝚍𝚘 𝚒𝚗𝚝𝚎𝚛𝚛𝚞𝚖𝚙𝚒𝚛, 𝚜𝚒𝚗 𝚊𝚟𝚒𝚜𝚘, 𝚞𝚗 𝚍𝚎𝚜𝚌𝚊𝚗𝚜𝚘 𝚕𝚊𝚛𝚐𝚊𝚖𝚎𝚗𝚝𝚎 𝚎𝚜𝚙𝚎𝚛𝚊𝚍𝚘.

 𝙼𝚒 𝚙𝚊𝚍𝚛𝚎 𝚗𝚘 𝚙𝚞𝚍𝚘 𝚒𝚛 𝚊 𝚕𝚊 𝚎𝚜𝚌𝚞𝚎𝚕𝚊. 𝙽𝚘 𝚜𝚊𝚋í𝚊 𝚕𝚎𝚎𝚛 𝚗𝚒 𝚎𝚜𝚌𝚛𝚒𝚋𝚒𝚛, 𝚢 𝚎𝚜𝚊 𝚌𝚊𝚛𝚎𝚗𝚌𝚒𝚊 𝚕𝚘 𝚊𝚌𝚘𝚖𝚙𝚊ñó 𝚜𝚒𝚎𝚖𝚙𝚛𝚎 𝚌𝚘𝚖𝚘 𝚞𝚗𝚊 𝚑𝚎𝚛𝚒𝚍𝚊 𝚜𝚒𝚕𝚎𝚗𝚌𝚒𝚘𝚜𝚊. 𝚃𝚊𝚕 𝚟𝚎𝚣 𝚙𝚘𝚛 𝚎𝚜𝚘 𝚌𝚘𝚗𝚟𝚒𝚛𝚝𝚒ó 𝚕𝚊 𝚎𝚍𝚞𝚌𝚊𝚌𝚒ó𝚗 𝚍𝚎 𝚜𝚞𝚜 𝚑𝚒𝚓𝚘𝚜 𝚎𝚗 𝚞𝚗𝚊 𝚙𝚛𝚒𝚘𝚛𝚒𝚍𝚊𝚍 𝚊𝚋𝚜𝚘𝚕𝚞𝚝𝚊, 𝚌𝚊𝚜𝚒 𝚎𝚗 𝚞𝚗𝚊 𝚖𝚒𝚜𝚒ó𝚗. 𝚀𝚞𝚎𝚛í𝚊 𝚙𝚊𝚛𝚊 𝚗𝚘𝚜𝚘𝚝𝚛𝚘𝚜 𝚕𝚘 𝚚𝚞𝚎 𝚊 é𝚕 𝚕𝚎 𝚑𝚊𝚋í𝚊 𝚜𝚒𝚍𝚘 𝚗𝚎𝚐𝚊𝚍𝚘: 𝚕𝚊 𝚙𝚘𝚜𝚒𝚋𝚒𝚕𝚒𝚍𝚊𝚍 𝚍𝚎 𝚎𝚕𝚎𝚐𝚒𝚛, 𝚍𝚎 𝚌𝚘𝚖𝚙𝚛𝚎𝚗𝚍𝚎𝚛 𝚎𝚕 𝚖𝚞𝚗𝚍𝚘, 𝚍𝚎 𝚊𝚟𝚊𝚗𝚣𝚊𝚛 𝚜𝚒𝚗 𝚕𝚊𝚜 𝚕𝚒𝚖𝚒𝚝𝚊𝚌𝚒𝚘𝚗𝚎𝚜 𝚚𝚞𝚎 é𝚕 𝚑𝚊𝚋í𝚊 𝚝𝚎𝚗𝚒𝚍𝚘 𝚚𝚞𝚎 𝚊𝚌𝚎𝚙𝚝𝚊𝚛.

𝚈 𝚙𝚞𝚜𝚘 𝚝𝚘𝚍𝚘 𝚜𝚞 𝚎𝚖𝚙𝚎ñ𝚘 𝚎𝚗 𝚎𝚕𝚕𝚘. 𝙰 𝚜𝚞 𝚖𝚊𝚗𝚎𝚛𝚊, 𝚜𝚒𝚗 𝚑𝚊𝚌𝚎𝚛 𝚛𝚞𝚒𝚍𝚘, 𝚊𝚋𝚛𝚒ó 𝚌𝚊𝚖𝚒𝚗𝚘𝚜 𝚍𝚘𝚗𝚍𝚎 𝚗𝚘 𝚕𝚘𝚜 𝚑𝚊𝚋í𝚊. 𝙼𝚒 𝚑𝚎𝚛𝚖𝚊𝚗𝚊, 𝚕𝚕𝚎𝚐𝚊𝚍𝚊 𝚢𝚊 𝚍𝚎𝚖𝚊𝚜𝚒𝚊𝚍𝚘 𝚖𝚊𝚢𝚘𝚛 𝚙𝚊𝚛𝚊 𝚕𝚊 𝚎𝚜𝚌𝚞𝚎𝚕𝚊, 𝚙𝚞𝚍𝚘 𝚊𝚙𝚛𝚎𝚗𝚍𝚎𝚛 𝚐𝚛𝚊𝚌𝚒𝚊𝚜 𝚊 𝚜𝚞 𝚒𝚗𝚜𝚒𝚜𝚝𝚎𝚗𝚌𝚒𝚊; 𝚖𝚒 𝚑𝚎𝚛𝚖𝚊𝚗𝚘 𝚖𝚘𝚜𝚝𝚛ó 𝚖𝚞𝚢 𝚙𝚛𝚘𝚗𝚝𝚘 𝚜𝚞 𝚏𝚊𝚌𝚒𝚕𝚒𝚍𝚊𝚍; 𝚢 𝚢𝚘 𝚏𝚞𝚒 𝚎𝚗𝚌𝚘𝚗𝚝𝚛𝚊𝚗𝚍𝚘 𝚎𝚕 𝚖í𝚘 𝚙𝚘𝚌𝚘 𝚊 𝚙𝚘𝚌𝚘. 𝙴𝚗 𝚌𝚊𝚍𝚊 𝚞𝚗𝚘 𝚍𝚎 𝚗𝚘𝚜𝚘𝚝𝚛𝚘𝚜, 𝚍𝚎 𝚏𝚘𝚛𝚖𝚊 𝚍𝚒𝚜𝚝𝚒𝚗𝚝𝚊, 𝚚𝚞𝚎𝚍ó 𝚜𝚎𝚖𝚋𝚛𝚊𝚍𝚊 𝚕𝚊 𝚖𝚒𝚜𝚖𝚊 𝚎𝚜𝚙𝚎𝚛𝚊𝚗𝚣𝚊 𝚜𝚞𝚢𝚊. 

𝙴𝚗 𝚌𝚞𝚊𝚗𝚝𝚘 𝚊 𝚖í, 𝚖𝚒𝚜 𝚙𝚛𝚒𝚖𝚎𝚛𝚘𝚜 𝚊ñ𝚘𝚜 𝚎𝚗 𝚕𝚊 𝚎𝚜𝚌𝚞𝚎𝚕𝚊 𝚗𝚘 𝚏𝚞𝚎𝚛𝚘𝚗 𝚏á𝚌𝚒𝚕𝚎𝚜, 𝚢 𝚛𝚎𝚌𝚞𝚎𝚛𝚍𝚘 𝚌𝚞𝚊𝚗𝚝𝚘 𝚕𝚎 𝚙𝚛𝚎𝚘𝚌𝚞𝚙𝚊𝚋𝚊 𝚊 𝚖𝚒 𝚙𝚊𝚍𝚛𝚎. 𝙿𝚎𝚛𝚘 𝚑𝚞𝚋𝚘 𝚞𝚗 𝚖𝚘𝚖𝚎𝚗𝚝𝚘 𝚍𝚎 𝚒𝚗𝚏𝚕𝚎𝚡𝚒ó𝚗, 𝚞𝚗 𝚙𝚞𝚗𝚝𝚘 𝚎𝚗 𝚎𝚕 𝚚𝚞𝚎 𝚝𝚘𝚍𝚘 𝚎𝚖𝚙𝚎𝚣ó 𝚊 𝚌𝚊𝚖𝚋𝚒𝚊𝚛. 𝙴𝚗 𝚚𝚞𝚒𝚗𝚝𝚘 𝚍𝚎 𝚙𝚛𝚒𝚖𝚊𝚛𝚒𝚊, 𝚞𝚗𝚊 𝚖𝚊𝚎𝚜𝚝𝚛𝚊 𝚎𝚡𝚌𝚎𝚙𝚌𝚒𝚘𝚗𝚊𝚕 𝚜𝚞𝚙𝚘 𝚊𝚋𝚛𝚒𝚛 𝚞𝚗𝚊 𝚙𝚞𝚎𝚛𝚝𝚊 𝚚𝚞𝚎 𝚑𝚊𝚜𝚝𝚊 𝚎𝚗𝚝𝚘𝚗𝚌𝚎𝚜 𝚑𝚊𝚋í𝚊 𝚙𝚎𝚛𝚖𝚊𝚗𝚎𝚌𝚒𝚍𝚘 𝚌𝚎𝚛𝚛𝚊𝚍𝚊. 𝙰 𝚙𝚊𝚛𝚝𝚒𝚛 𝚍𝚎 𝚊𝚑í, 𝚌𝚘𝚖𝚎𝚗𝚌é 𝚊 𝚊𝚟𝚊𝚗𝚣𝚊𝚛, 𝚌𝚊𝚜𝚒 𝚜𝚒𝚗 𝚍𝚊𝚛𝚖𝚎 𝚌𝚞𝚎𝚗𝚝𝚊, 𝚌𝚘𝚖𝚘 𝚜𝚒 𝚙𝚘𝚛 𝚏𝚒𝚗 𝚑𝚞𝚋𝚒𝚎𝚛𝚊 𝚎𝚗𝚌𝚘𝚗𝚝𝚛𝚊𝚍𝚘 𝚖𝚒 𝚕𝚞𝚐𝚊𝚛.

 𝙼𝚞𝚌𝚑𝚘𝚜 𝚊ñ𝚘𝚜 𝚍𝚎𝚜𝚙𝚞é𝚜, 𝚙𝚘𝚌𝚘 𝚊𝚗𝚝𝚎𝚜 𝚍𝚎 𝚓𝚞𝚋𝚒𝚕𝚊𝚛𝚖𝚎, 𝚛𝚎𝚌𝚒𝚋í 𝚕𝚊 𝚖𝚎𝚍𝚊𝚕𝚕𝚊 𝚍𝚎 𝚕𝚊𝚜 𝙿𝚊𝚕𝚖𝚊𝚜 𝙰𝚌𝚊𝚍é𝚖𝚒𝚌𝚊𝚜 —𝚞𝚗𝚊 𝚍𝚎 𝚕𝚊𝚜 𝚌𝚘𝚗𝚍𝚎𝚌𝚘𝚛𝚊𝚌𝚒𝚘𝚗𝚎𝚜 𝚖á𝚜 𝚙𝚛𝚎𝚜𝚝𝚒𝚐𝚒𝚘𝚜𝚊𝚜 𝚚𝚞𝚎 𝚌𝚘𝚗𝚌𝚎𝚍𝚎 𝚎𝚕 𝙴𝚜𝚝𝚊𝚍𝚘 𝚏𝚛𝚊𝚗𝚌é𝚜 𝚙𝚘𝚛 𝚖é𝚛𝚒𝚝𝚘𝚜 𝚎𝚗 𝚕𝚊 𝚎𝚍𝚞𝚌𝚊𝚌𝚒ó𝚗 𝚢 𝚕𝚊 𝚌𝚞𝚕𝚝𝚞𝚛𝚊— 𝚍𝚎 𝚖𝚊𝚗𝚘𝚜 𝚍𝚎𝚕 𝚎𝚖𝚋𝚊𝚓𝚊𝚍𝚘𝚛 𝚍𝚎 𝙵𝚛𝚊𝚗𝚌𝚒𝚊 𝚎𝚗 𝙴𝚜𝚙𝚊ñ𝚊.

𝙴𝚗 𝚊𝚚𝚞𝚎𝚕 𝚒𝚗𝚜𝚝𝚊𝚗𝚝𝚎, 𝚎𝚗𝚝𝚛𝚎 𝚕𝚊 𝚎𝚖𝚘𝚌𝚒ó𝚗 𝚢 𝚕𝚊 𝚒𝚗𝚌𝚛𝚎𝚍𝚞𝚕𝚒𝚍𝚊𝚍, 𝚖𝚒 𝚙𝚎𝚗𝚜𝚊𝚖𝚒𝚎𝚗𝚝𝚘 𝚟𝚘𝚕ó 𝚑𝚊𝚌𝚒𝚊 é𝚕. 𝙽𝚘 𝚙𝚞𝚍𝚎 𝚎𝚟𝚒𝚝𝚊𝚛 𝚒𝚖𝚊𝚐𝚒𝚗𝚊𝚛 𝚜𝚞 𝚖𝚒𝚛𝚊𝚍𝚊, 𝚜𝚞 𝚘𝚛𝚐𝚞𝚕𝚕𝚘 𝚌𝚊𝚕𝚕𝚊𝚍𝚘, 𝚜𝚞 𝚏𝚘𝚛𝚖𝚊 𝚜𝚎𝚗𝚌𝚒𝚕𝚕𝚊 𝚍𝚎 𝚊𝚕𝚎𝚐𝚛𝚊𝚛𝚜𝚎. 𝚈 𝚜𝚞𝚙𝚎, 𝚌𝚘𝚗 𝚞𝚗𝚊 𝚌𝚎𝚛𝚝𝚎𝚣𝚊 𝚙𝚛𝚘𝚏𝚞𝚗𝚍𝚊, 𝚚𝚞𝚎 𝚊𝚚𝚞𝚎𝚕 𝚛𝚎𝚌𝚘𝚗𝚘𝚌𝚒𝚖𝚒𝚎𝚗𝚝𝚘 𝚗𝚘 𝚎𝚛𝚊 𝚜𝚘𝚕𝚘 𝚖í𝚘: 𝚎𝚛𝚊 𝚝𝚊𝚖𝚋𝚒é𝚗 𝚜𝚞𝚢𝚘, 𝚍𝚎 𝚊𝚚𝚞𝚎𝚕 𝚑𝚘𝚖𝚋𝚛𝚎 𝚚𝚞𝚎, 𝚜𝚒𝚗 𝚑𝚊𝚋𝚎𝚛 𝚝𝚎𝚗𝚒𝚍𝚘 𝚊𝚌𝚌𝚎𝚜𝚘 𝚊 𝚕𝚊 𝚎𝚍𝚞𝚌𝚊𝚌𝚒ó𝚗, 𝚑𝚒𝚣𝚘 𝚍𝚎 𝚎𝚕𝚕𝚊 𝚎𝚕 𝚖𝚊𝚢𝚘𝚛 𝚕𝚎𝚐𝚊𝚍𝚘 𝚙𝚊𝚛𝚊 𝚜𝚞𝚜 𝚑𝚒𝚓𝚘𝚜. 

𝙷𝚘𝚢, 𝚌𝚞𝚊𝚗𝚍𝚘 𝚕𝚘 𝚛𝚎𝚌𝚞𝚎𝚛𝚍𝚘, 𝚗𝚘 𝚙𝚒𝚎𝚗𝚜𝚘 𝚜ó𝚕𝚘 𝚎𝚗 𝚕𝚊𝚜 𝚍𝚒𝚏𝚒𝚌𝚞𝚕𝚝𝚊𝚍𝚎𝚜 𝚚𝚞𝚎 𝚝𝚞𝚟𝚘 𝚚𝚞𝚎 𝚊𝚝𝚛𝚊𝚟𝚎𝚜𝚊𝚛, 𝚗𝚒 𝚎𝚗 𝚕𝚊𝚜 𝚛𝚎𝚗𝚞𝚗𝚌𝚒𝚊𝚜 𝚚𝚞𝚎 𝚖𝚊𝚛𝚌𝚊𝚛𝚘𝚗 𝚜𝚞 𝚟𝚒𝚍𝚊. 𝙿𝚒𝚎𝚗𝚜𝚘 𝚎𝚗 𝚜𝚞 𝚏𝚘𝚛𝚝𝚊𝚕𝚎𝚣𝚊, 𝚎𝚗 𝚜𝚞 𝚌𝚘𝚑𝚎𝚛𝚎𝚗𝚌𝚒𝚊, 𝚎𝚗 𝚜𝚞 𝚌𝚊𝚙𝚊𝚌𝚒𝚍𝚊𝚍 𝚍𝚎 𝚊𝚖𝚊𝚛 𝚜𝚒𝚗 𝚌𝚘𝚗𝚍𝚒𝚌𝚒𝚘𝚗𝚎𝚜. 𝙿𝚘𝚛 𝚎𝚗𝚌𝚒𝚖𝚊 𝚍𝚎 𝚝𝚘𝚍𝚘, 𝚗𝚘𝚜 𝚍𝚎𝚓ó 𝚊𝚕𝚐𝚘 𝚍𝚞𝚛𝚊𝚍𝚎𝚛𝚘: 𝚞𝚗𝚊 𝚏𝚘𝚛𝚖𝚊 𝚍𝚎 𝚎𝚜𝚝𝚊𝚛 𝚎𝚗 𝚎𝚕 𝚖𝚞𝚗𝚍𝚘.

 𝚈 𝚎𝚗 𝚎𝚜𝚊 𝚑𝚎𝚛𝚎𝚗𝚌𝚒𝚊, 𝚒𝚗𝚟𝚒𝚜𝚒𝚋𝚕𝚎 𝚙𝚎𝚛𝚘 𝚏𝚒𝚛𝚖𝚎, 𝚜𝚒𝚐𝚞𝚎 𝚟𝚒𝚟𝚒𝚎𝚗𝚍𝚘. 𝙲𝚊𝚍𝚊 𝚍í𝚊, 𝚍𝚎 𝚊𝚕𝚐ú𝚗 𝚖𝚘𝚍𝚘, 𝚎𝚗 𝚕𝚘 𝚚𝚞𝚎 𝚜𝚘𝚖𝚘𝚜.

𝙼𝚊𝚒𝚝𝚎 𝙾𝙹𝙴𝚁





viernes, 29 de mayo de 2026

LOS EXILIADOS. LOS REFUGIADOS. TRAZOS DE VIDAS COMPROMETIDAS POR UNA SOCIEDA MÁS JUSTA Y FRATERNA. JESÚS ARAGÜÉS GARCÍA

 


LOS EXILIADOS. LOS REFUGIADOS. TRAZOS DE VIDAS COMPROMETIDAS POR UNA SOCIEDA MÁS JUSTA Y FRATERNA

JESÚS ARAGÜÉS GARCÍA

Fueron… los que huyeron de la  muerte en la tierra que les vió nacer. Huyeron empujados por el miedo. El destino les arrancó sus raíces y dejaron a  su familia atrás, que en algunos casos pudieron reagruparse para iniciar una nueva vida lejos de su casa.

Huyeron por la noche, en silencio,  por caminos duros, solitarios, peligrosos, clandestinos… como los que usaban los contrabandistas,… ayudados por los que los conocían como los pastores, carboneros,  maderistas, campesinos…  de los pueblos pirenáicos como del Valle Roncal…

Nacieron en Luesia. Luesia siempre fue su pueblo. Nunca lo olvidaron. Volvieron cuando pudieron o cuando les dejaron. La vida los empujo lejos. Sufrieron condiciones casi inhumanas en los campos de refugiados como Gurs. No tenían nada. Sí tenían dignidad, la del olvido, la del perdón, la de la lucha por conseguir un trabajo, la de procurar reunir a su familia…

Por ejemplo… Jesús Aragüés García.

Francisco Aragüés se casó con Josefa García y tuvieron 6 hijos: Marcelino (que murió asesinado en la Guerra Civil y se desconoce el paradero de sus restos. ¿Rivas?), Jesús, Juan, Víctor, Paulino y Carmen. Jesús Aragüés García, nació en Luesia el 25 de diciembre de 1920., en una familia honrada de agricultores y pastores. Fundó con su hermano Marcelino y otros republicanos el sindicato CNT-AIT en Luesia. Ya existía la UGT. Como consecuencia del asesinato de su joven hermano, Jesús huyó clandestinamente. Con 17 años vuelve a España para sumarse a la CNT en los frentes de la Guerra Civil en Aragón y en Cataluña para acabar, como la mayoría de los refugiados, interno en un campo de concentración con agua, nieve y por techo las estrellas.  Formó parte de una Compañía de trabajadores extranjeros en la construcción del pantano de Fabrejes pero aún se unió a los maquis en los Pirineos.

Acabada la II Guerra Mundial, pone en pie la CNT en PAU.

En 1947, cruza clandestinamente la frontera y se trajo a Francia desde Luesia a sus cuatro hermanos, Juan, Víctor, Paulino y Carmen les encuentra trabajo y forman sus hogares. Jesús lo hizo con Carmen Sánchez y tuvo 4 hijos.

Por las calamidades que sufrió en la Guerra, contaba que hasta se comieron a un burro para no morir de hambre, su salud se quebrantó y los últimos 10 años de su vida cuidó de la limpieza de un barrio de Pau y era un hombre muy apreciado y querido.

Fue un rebelde nato que luchó hasta su muerte por una sociedad más justa y equitativa en paz y fraternidad como activo y comprometido militante del Movimiento Libertario y SIA.

Falleció en Pau el 19 de septiembre de 1993, como consecuencia de un cáncer.

(Adaptación del texto de Dionisio Jiménez, secretario del SOV de Pau. )

HISTORIA SOCIAL POPULAR. EL BARRIO DE LA VIRGEN.

 CAPÍTULO 2.- BARRIO LA VIRGEN DE LUESIA. (Historia popular social de Luesia)

BARRIO DE LA VIRGEN: La calle La Virgen y parte alta de la Calle Castillo.
El Capítulo 1 de la Historia popular social de Luesia, se refirió al populoso Barrio El Rincón, un barrio que tuvo mucha vida, una verdadera comunidad de vecinos solidaria, con muchos vínculos de vecindad, amistad, de vivir todos a una…
El barrio de la Virgen nos trae otros recuerdos como la ermita de la Virgen del Puyal y su ermitaña Elena, la dula y los duleros, las familias de alpargateras, el agua que tanto tardó en llegar, El General, El Alemán, y Casas como la de Turrón, La Garrosa, Murriones, Casa Alta, Metruco, Crispín, Plano, El Cura, Trensino, Caneto y sus enormes vacas, los bueyes de Inocencio...
Podemos convenir que lo que damos en llamar el Barrio de la Virgen, empieza en la Placeta de Fino. En esta Placeta desembocan 4 calles:
  1. Calle La Iglesia por la que se sube al Castillo, Casa El Cura y a Iglesia El Salvador;
  2. la calle de La Cárcel que sube del cruce de la Calle Huesca y la Calle de Barrionuevo;
  3. Calle El Salvador que sube desde las Cinco Esquinas, Casa Bartolico y el Club Puyal
y 4) Calle La Virgen hacia la ermita.
En la Placeta, tenemos Casa Botitas donde vivieron Miguel y Encarna, la fábrica de pieles de conejo de Casa Fernando y las casas de Adrián, Félix Allué Ojer “Félix de Pocho”, Casa La Longasina….
En el Barrio La Virgen, en la parte norte del pueblo y sobre una pequeña colina, destaca la ermita de la Virgen del Puyal, Patrona de Luesia y cuya fiesta se celebra el 8 de septiembre. Cada año, una peña del pueblo es la encargada de “sacar la Virgen” de la hornacina al pedestal.
La ermita es de origen románico, en el tramo del ábside y presbiterio (XII-XIII), reconstruida en el XVI. La imagen es de alabastro y policromada, una escultura gótica del XV, con el niño Jesús jugando con un pájaro.
El 5 de mayo de 1975 se inició la restauración de la ermita, en obra “a vecinal”, liderada por el Párroco Mosé José Luis Lobera Salvo y dirigida por Mosén Jesús Auricinea, que falleció sin poder finalizar la obra y a cuyo entierro en Navardún, acudió mucha gente de Luesia. Aunque en septiembre de 1975 se celebró misa, fue el 21 de marzo de 1976 cuando se procedió al traslado de la imagen de la Virgen desde El Salvador hasta su Casa, en la ermita. En la procesión, participó casi todo el pueblo.
En el atrio de la ermita, mirando a su pueblo natal de Sos, en placa de piedra grabada por Ramón Lliure consta: “In Memoriam de Mosén José Luis Lobera Salvo, Párroco de la Villa de Luesia de 1971 a 1992, por su labor pastoral, social y artística. Luesia, a su hijo adoptivo. MCMXCIII”
El barrio está a los pies de la ermita, las vistas a Val y todo el entorno del pueblo y amplios espacios para correr y jugar con libertad. Pero el cierzo y el viento del norte, cuando arreciaban fuerte en invierno, eran muy molestos. Y el calor sofocante del verano carecía del resguardo que las casas arracimadas del pueblo bajo ofrecían a sus habitantes. Pero tiene más características y señas de identidad: (a) La ermita y su ermitaña Elena, (b) la dula y los duleros ,(c) un problema histórico con el agua y el vecindario(d) son señas de identidad del barrio y de todo el pueblo.
Una nieta de Elena nos habla de su abuela.
a) Elena, la última ermitaña de Luesia.
“En el extremo noreste del casco urbano de Luesia se alza, sobre una loma, la ermita de Ntra. Sra. La Virgen del Puyal, más conocida como La Virgen, sin más.Durante muchos años, al menos 3 generaciones de la familia Sabalza se han dedicado a cuidar con esmero de esta ermita, manteniéndola en buenas condiciones y con su puerta abierta todo el día, para quien quisiera subir a rezar a su Virgen.
La última ermitaña fue mi abuela Elena Sabalza Fernández (1888-1962). Casada con Ángel Aibar Ornate quedó viuda y con 2 hijos pequeños cuando sólo tenía 30 años. Siguió viviendo en la pequeña casa adosada al lateral sureste de la ermita, primero con sus hijos hasta su emancipación, y después sola hasta que con más de 70 años de edad y una salud ya deteriorada se bajó a vivir con su hijo Sixto en el Barrio de San Juan, a pesar de que ella se resistía a dejar su “casica” en La Virgen.
A partir de este momento su hija María siguió cuidando de la ermita, aunque no con la exclusividad que lo hacía Elena.
Elena tuvo 2 hijos:
-Sixto Aibar Sabalza, que fue sacristán de la Parroquia El Salvador de Luesia, además de carpintero. Se casó con Dolores Gimeno, hermana de Dª Pilar Gimeno, gran maestra de la escuela de niñas de Luesia, que muchas recordamos con cariño y agradecimiento. Aprovecho la aportación hecha por José Alegre, quien cuenta que Sixto, como sacristán, fue durante muchos años el padrino de bautismo de todos los nacidos en el pueblo; la madrina solía ser algún familiar femenino del recién nacido. Sixto y su esposa Dolores emigraron a Zaragoza en la década de los 60, como tantos otros. No tuvieron hijos.
-María Aibar Sabalza, casada con Ignacio Cortés Garcés, de Casa Francho, tuvieron 4 hijos: Antonio, Feli, Carmen y María. Como es natural estaba muy pendiente de la madre y, entre otras muchas cosas, diariamente le subía el agua desde la fuente de Barrio Nuevo. ¡¡Dura tarea!!
Los nietos subían con mucha frecuencia a estar con su abuela Elena. Las 2 pequeñas cuentan que todas las tardes, a la salida de la escuela, subían con su madre a casa de la abuela Elena, a tomar café con leche; por supuesto, el café era de puchero y la leche de sus propias cabras. Los mayores subían a dormir con la abuela, sobre todo en invierno, recordando haber sufrido algún que otro quemazo con el calentador que la abuela usaba para calentarles la cama…
Elena tenía como compañía a su perra Paloma. También tenía un corral en los bajos de la casa, con 2 cabras y varias gallinas, que eran para ella una buena fuente de alimentación.
Vivir allá arriba, sin agua y disponiendo de una sola y pequeña bombilla para toda la casa, no debió ser fácil, sobre todo cuando las frecuentes nevadas le impedían bajar al pueblo.
Nunca se quejó y era feliz en su atalaya, desde donde divisaba todo el pueblo.
Mi abuela Elena era una mujer sencilla y buena, a la que quisimos mucho.
”b) La dula y los duleros.
Cada mañana, se abría la puerta de la mayoría de las casas y salía la cabra camino a un corral de la Virgen, el llamado Corral de Murriones. Allí se reunían las cabras de los vecinos, formando un rebaño llamado “La dula”, que sacaba al monte de Val, un pastor-dulero. Duleros fueron Emilio El General, Germán Sánchez, Pascual Cortés “El dulero”, Dámaso Sanz, Alejandro Biesa, Juanito Garcés… y cuando nadie quiso ser “dulero” tocaba ir cada día un vecino a cuidar del rebaño de cabras. Y desaparecieron las cabras, y muirlas para desayunar y el ternasco sabroso "de la cabra de casa" para Navidad...
También hubo dula de ovejas, en la actual Casa Plano y otra dula de vacas, parece ser que por el Matadero.
c.- El enorme problema del agua corriente del Barrio La Virgen.
Desde los años 40, hablar de la Virgen era hablar de que el agua no llegaba.
Cuando la parte baja del pueblo tenía agua corriente en todas las casas, procedente del depósito que hay al pie del castillo, el Barrio de la Virgen no tenía agua porque la presión era insuficiente.
Esta circunstancia marcó enormemente la vida de los habitantes del barrio: había que subirla en cántaros desde la Fuente de Barrio Nuevo y recogerla en grandes tinajas. Eran los críos y crías, los que bajaban y subían la cuesta con los cántaros a la Fuente de Barrio Nuevo.
Para lavar la ropa, había que ir que ir a Formayor y después ponerla a secar sobre matas de juncos o de otras plantas. Huelga decir que esta faena la hacían las mujeres de la casa y con familias tan numerosas, de hasta 10 críos algunas, resultaba una tarea muy muy dura.
En 1940 se habían iniciados las obras para llevar el agua corriente a las casas y el alcantarillado. En 1942, se disponía de un lavadero público en la zona donde se estaba construyendo el Albergue al final de la Calle San Miguel, cerca del puente de la Carretera a Uncastillo sobre el río Villa. El agua “bajaba por su peso” desde el manantial de Formayor al depósito de debajo del castillo y abastecía bien a la Plaza de la Fuente con la fuente vieja, el abrevadero, el lavadero público y muchas casas de la parte baja del pueblo, pero no había presión suficiente para que llegara a La Virgen pero sí que abastecía la fuente de Barrio Nuevo, a la que bajaban desde la Virgen a buscar agua.
Pasaron en torno a 30 años, hasta 1978, cuando llegó el agua corriente a los grifos del Barrio de La Virgen, tras la construcción de dos depósito que hay en el entorno de la ermita y los vecinos de este barrio pudieron, ¡¡¡POR FIN!!!, disponer de agua en sus viviendas, algo tan imprescindible y que hoy nos resulta impensable no tenerla.
La captación desde Pigalo, es posterior, data de 1996 y permite llevar el agua hasta Asín.
d.- El vecindario en los años 50-70 en el Barrio La Virgen. (Hay un poco de lío con el nombre de las casas y la numeración. Igual alguien puede ayudar para subsanar errores, que los hay)
Calle de La Virgen:
Nº 1 - Casa la Garrosa. Casa Les. Fue sede de la Peña La Sirka. Padres: José Acín y Gregoria Lobera. Familia numerosa. Siete hijos: Pepe, Ángel, Isabel, Mariluz, Pascual, Carlos y Tere. Para mucha gente es “La Casa Alta”, pero realmente “La Casalta” es la casa de enfrente, la que queda debajo del Castillo de los hermanos Montañés.
Nº 3 - Casa Metruco. Padres: Tomás Cardiel Aquilué. La señora Petra Casabona Soteras contaba a los críos unas historias terroríficas para hacerles miedo. Cinco hijos: José, Avelino, Primitiva, Lucio y Ángel. Ángel, Lucio, José y una hermana (Daniel Cardiel. Nieto)
Nº 5. Casa Portero
Nº 7 - Casa Turrón. El abuelo Pedro Compaired puede ser que fuese a acompañar a las mozas alpargateras que iban a trabajar a Francia de otoño a primavera. Padres: Paco Cardiel y Carmen Compaired. Ocho hijos: Pedro, Mª Dolores, Esteban, Josefina, José Mª, Javier, Rogelio y Jesús
Nº 9 - Casa Crispín. Vivió Martín Aragües Sabalza. Después, Juan Miguel Begué y Felisa Mayayo Solana, con los que convivió mucho tiemposu sobrino Juanito. Marcelino Begué Marcellán fue cura del pueblo.
Nº 11 - Casa El Cura. Padres: Inocencio Garcés (Moniquero) y Estefanía Montañés. Tres hijos: Quiliano, Rosita y Juan. Tenían bueyes para labrar y trillar.
Nº 13 - Casa Artaso. Padres: Josefa Artaso e Inocencio García. Seis: Inocencio, Presen, José (regentó Bar Drácula de Zaragoza, lugar de quedada de los luesianos), César, Jesús y Domingo. La abuela de estos 6 nietos/as, Ciriaca Aquillué Loarre y sus hermanas Florentina (madre de Dorotea, mujer de Pascual Lacosta) y María fueron 3 alpargateras luesianas que migraban desde octubre a mayo a hacer alpargatas a Francia. La nieta Presen, lo recuerda.
Nº 15 - Casa Caneto: Claudio y Saturnina. Sin hijos. Con ellos vivió su sobrino José “Capica” y Martín, que era de Lacasta al que cantaban: “Martinico de Caneto/no vale para tratante/porque lleva las abarcas/sin punteras por delante.”
CASAS PARES: En la esquina de la Calle La Virgen, con la calle Barrionuevo, hubo dos casas: Casa Justa Lacumba (Longás) casada con Emilio “El General” y Casa Murriones, en la que vivió Silvano Duato.
Nº --Casa de Felipa de Ambrosio. Se entraba por la calle Barrionuevo.Vivió una monja, Jacinta y Saturnino. Actualmente viven Antonio y Yolanda.
Nº -- Huerto de Casa Les. Es un solar. Hubo conejos
Nº---Casa Beltrán. Solar tapiado de Casa Sabino. Casa de Benito Beltrán casado con Leona García Ojer, que fue alpargatera. Familia numerosa: María casada con Feliciano, Mª Jesús con Cecilio, Leandro con Magdalena, Celestina con Antonio, Valentina con José, Josefina con Antonio, Pedro con Clotilde, Benito con Cristiana y Nicolás, que falleció joven.
Nº 4 - Casa Artaso (2): Padres: Domingo Artaso y Teresa Jaca. Dos hijos: Antonio y Vicente
Nº 12 - Carmen, de casa la Pancha. La casa fue comprada por José Artaso en la década de los 90.
Nº 14 - Casa Plano: Padres: Félix Burguete y Amparo Lobera. Cuatro hijos: Miguela, Víctor (Trini Izaga), Félix y Adora. Fue el corral de la dula de las ovejas. Pasada Casa Plano,
Nº---Casa Gatiño (Ahora un solar vacío, anterior a casa Plano) Nacieron Pedro, Leandro y...
Nº 16.-Chalet de Catalina Alegre y Ramón LliureEra.
Chalet en construcción.
Nº 20. La Casa Alta. Hermanos Montañés.
FAlta por ubicar: Casa Marro, Julio E, Casa del REY: José M. Ferrer y Nani Fernández, Casa Roque, Casa La Comadre, Casa Domingo de Alicas…
Calle del Castillo:
Era de Estaún. (Chalet actual de Pepe Quilez)
Nº 23.- Casa Capón. Padres: Mariano Aragüés y Dionisia Cortés. Diez hijos: Leandra, Domingo, Carmelo, Gregorio, Antonio, Cecilia, Martín, Carmen, Inocencio y Mariano. Ahora viven Rosa Mari Terraz (hija de Carmen) y Miguel Lear
Nº24 - Casa Valentina. Manuel Garcés. Ahora, Casa Agustín. Padres: Manuel Tarragual e Isabel. 2 hijos: Agustín y Victoriana. Manuel experto en el uso de lazos para cazar.
Nº 25. Casa Trensino. (Santiago Ojer y Manuela. José Ojer y Felisa Sabalza con tres hijos: Puri, Mª Rosa y José Luis). Luego también vivieron Julián y Lourdes, que cuida y tiene la llave de la Virgen. Calle Castillo nº 37: Corral de Murriones.
Calle Castillo nº 39. Corral de Barboles. Hoy, Corral de Francho.
( Y hablando de Casa Francho, quiero agradecer la colaboración e información facilitada por los hermanos Feli, Carmen, Antonio y María Cortés.)
Espero en comentarios, aportaciones para mejorar el texto.