domingo, 28 de junio de 2026

LAS RECUEJAS DEL ARBA DE LUESIA

 LAS RECUEJAS DEL ARBA.

RECUEJAS Y "RECUEJEROS/AS"

Si le dijéramos a un joven que de críos/as nos tocó vivir y trabajar en "la recueja", la mayoría no sabrían a qué nos referimos. ( No lo miren tampoco en internet)

Son vocablos del pasado, de cuando nuestras familia, abuelos/as y bisabuelos/as, para vivir y sobrevivir dependían de la tierra, las plantas y los animales.

Las recuejas eran pequeños trozos de tierra en los extremos del Arba, donde se sembraban las patatas, judías, lechugas… que a veces se llevaba una tormenta río abajo… Por eso, José Luis Escabosa, me dice que las escrituras de las recuejas las tiene Santo Domingo y el Registro de la Propiedad está en Tortosa. A buen entendedor…

Recupero una entrevista a Carmelo Bernal Mena, que vivió aquellos tiempos y que puede ayudarnos a entender aquella realidad, olvidada demasiado pronto.

Carmelo recuerda una niñez feliz y sin problemas. Le tocó vivir los años 60, tiempo de carestía y de subsistencia porque el dinero era escasísimo. No se pasaba hambre pero no sobraba de nada. Se sabía vivir con muy poco, con lo imprescindible y había que conformarse con lo que había.

Recuerda su infancia "disfrutando" del Arba por las "recuejas" del Corral Blanco pescando “a mano” o a pedradas, las ranas, culebras, madrillas y barbos; cogiendo huevos y crías de los nidos, cazando conejos… En los pozos del Arba, aprendió a nadar. Usaban poca ropa porque iban todo el día medio desnudos y hasta “en chinchetas”. En las casetas del ARBA muchas familias vivían desde finales de junio hasta primeros de septiembre, la “vispra” de las fiestas.

La caseta era a la vez y en el mismo espacio: la cocina, la despensa, el salón y los dormitorios. El water se pueden imaginar donde estaba: en el monte. En la caseta se guisaba con fuego de leña, se comía y se dormía encima de la paja, sobre un mandil y con una manta.

A muchas familias de Luesia, igual que a la familia Bernal-Mena, nos tocó vivir en el monte, en casetas, pardinas, barreras y corrales en tiempos veraniegos de siega y trilla. Y había buena relación y solidaridad de unas familias con otras ayudándose unos a otros en lo que hiciera falta, compartiendo lo poco que había, dejándose una caballería...

Desayunaba todos los días leche de cabra con remojones de pan duro, que su madre hacía en una caldereta o sartén. Para almorzar jamón o chullas de témpano blanco de tocino. La comida de cada día era la misma: buen rancho de conejo y de postre cerezas o cascabeles. Comer pollo era excepcional. Se comía en el suelo formando un corro alrededor de la sartén, dentro de la caseta o en la sombra que daba, sentados en zoques de carrasca o de chopo. Para merendar, buena ensalada y algo de conserva en aceite de cerdo como lomo, costilla, o longaniza. Y cenar… alguna fritada, huevos y una sartén de patatas fritas. El menú cambiaba poco de un día a otro. Y qué bueno estaba todo… porque no había nada que no nos gustara.

Carmelo recuerda su infancia con cariño y dignidad. No la olvida. “Éramos felices a nuestra manera”… porque las necesidades eran mínimas, básicas y centradas en la alimentación de cada día.

Las "recuejas" eran costosas de trabajar porque tenían muchos ruejos pero proporcionaban frutas, verduras, hortalizas variadas, judías, patatas, maíz y remolacha para los animales... las gallinas huevos bien frescos y naturales, el monte conejos y liebres, la cabra la leche y el tocino... lo demás. 

Todas semanas había que ir al pueblo con el burro Moroto y la carreta a buscar el “companaje”, especialmente pan, algo de carne o conserva, vino y alguna gaseosa en polvo. "Moroto" tiraba de la carreta para recoger la basura por todo el pueblo. Murió electrocutado al morder un cable. 

Los pollos los bajaban del pueblo en cajones para ir matándolos poco a poco. Después de segar, los dejaban en los rastrojos para que “respigaran” las espigas de ordio, cebada, centeno o trigo. Por la noche, para que no se los comieran los rabosos los pollos se echaban a lo alto, y volaban a las ramas de la carrasca donde dormían seguros.

A Carmelo le tocaron todos los trabajos propios del campo y sabe hacer de todo: picar, segar, dar gavillas, trillar, sembrar judías, entrecavar, regar, achotar... y recuerda de bajar a Biota para vender judías secas, cerezas y cascabeles… en las "argaderas" y capazo de mimbre con el que cargaban al burro Maroto, aparejado con una vieja albarda.

 Pero Carmelo y su familia era una familia más de las muchas que tenían recuejas por El Arba para sobrevivir: Los Turrones, Casa Macaria, Campo Rizau, Angel Escabués “Gogolo” y su hermana Josefina, Pedro Bernal, Silvestre, Jacobo García, Rafael Arteaga, Manuel Navarro, Luciano García, Casa Dominguín, Ángel de Josepín, El Chanco, Juanaza, Pablico, Valentín de Clara, Bergueros, Casa Jatorrio, Celestino, Casa Nariz, Pablo García en Guallar...

Aportaciones de Julio Garde Lopez

Junto con la huerta de Río Villa ( desde Formayor al Molino Alto) y la huerta de Grota eran el 90 % del " granero" de judías q se cultivaban en Luesia.

También podrían considerarse recuejas, los campos o planos cercanos al ARBA que con riadas se completaban como recuejas, aunque fuera parcialmente al ser anegados: Campo Raso, La Nata, Melero, Cuquín, Bal de Neit, el Batán, Valero de Obispo, Casquetes, Guallar, Pedro Nuestro, San Vicente, Santa Coloma, el Pájaro, Castejonero, corrales Blanco y del Cura, Pau de la Torre, Pedro Nuestro, S Vicente, Sta. Coloma, Fornillo, Campaña, Huerta de Juana, Bal de la Nueit, Melero,, Valero de Obispo, Casquete, Guallar, Pájaro...



HISTORIA POPULAR. Capítulo 3.- EL BARRIO BAJO

Capítulo 3.- EL BARRIO BAJO.

El Barrio Bajo de Luesia, estimo que abarca la Plaza de la Villa, Calle El Burgo, Plaza Mayor, La Peñeta y hasta podríamos considerar Las Estajadas con El Portal y San Esteban. (Opinable) 

Es la zona que recogía y recoge la mayoría de servicios, el escenario de las fiestas populares, centro del pueblo, lugar de encuentro, de ambiente…

a) El Ayuntamiento con el ambulatorio, Biblioteca, Sala de reuniones y sede de la A.C. Fayanás. En los años 50, albergó la cárcel, escuelas de niños y niñas, la Hermandad Sindical y la casa en la que vivía el Alguacil, el señor Félix cuyos hijos se llamaban Adolfo y Mari Feli. Cuando llovía, el recreo de los chicos era el patio del Ayuntamiento y cuando no, a jugar en le era de Casa Fernado con cuatro piedras como porterías.  Las chicas entraban a la escuela por la parte de las Estajadas y el Portal. Los maestros que recuerdo eran D. Felipe de Casa Montolío, D. Pascual, D. Cándido, Doña Pilar, Raúl... en tiempos de la leche en polvo, estufas de leña, tinteros...y más recientemente Patricio, Luis, Lola, Virginia. Mª Ángeles...

b) El malacate de Jacinto Alegre. Se llevaba la harina a cambio de panes que apuntaba en una libreta. El dinero no corría. Luego Félix y Mariano nos sirvieron el pan y las tortas de anís, maceradas, magdalenas...  con Modesta, Pabla, Carmen, Aurora... La otra pandería estaba en la calle Doctor Labayen, regentada por Antonio y Pilar. Aquella cartilla de apuntar...

c) Cuartel de la Guardia Civil. Recuerdo con cariño al Cabo Ovejas. 

d) La Plaza Mayor. Un lugar donde todos/as hemos bailado con orquestas de la categoría de Fantasía y Roxana cuando la plaza era el epicentro de las fiestas con bailes como La Yenka y canciones como la Camioneta de mi papá…  Aún recuerdo un año, en los 60, que se organizó la rifa de un burro para que la orquesta se quedara un día más. ¡Increíble, pero cierto! También ha habido llenazos cuando el Gobernado Civil visitaba el pueblo y bailábamos la jota (que nos enseñaban en la Sección Femenina), en los afamados concursos de disfraces con El Hotelillo y La Sirka haciendo gala de originalidad con El Circo Rana, Toreros, La Residencia, Felipe González, Mayorettes, Franco… los dobles, tiro de soga, concurso de sillas con burros, de baile… y el altar en la Procesión del Corpus Christi para que los/las comulgantes lanzaran pétalos… y también peluquería, atendida por Luci Loire y después por Naty García. 

e) El Burgo, abarrotado en fiestas con el baile en la plaza, las carreras de sacos, de burros…

f) Carnicerías de Casa Romualdo con tienda  y Casa Abay, con estanco. Ha habido otras de Nuria, Ricardo, Casa García.

g) Piquero de Casa La Negra, Sr. Esteban y entrañable Puri. Tiempos de la adoba. 

h) Médico Doctor Labayen. Un referente comarcal. Rayos X. 

i) Servicios bancarios de la CAI ( histórico José Garcés) y Caja Rural del Jalón (Sofía). El sorteo de regalos de la CAI es inolvidable. 

j) Bar de Casa García y Casa Marcelino.

k) Central de Teléfonos en Casa de Félix Aragües y Paca Montañés. A pedir conferencia... y a esperar. Servicio de taxi de Manolo. 

l) Casa del maestro D. Felipe de Montolío. ¿Hubo botica?

m) Bares El Pozo y El Burgo. María josé, una institución

n) Apartamentos rurales en Casa Melero y en El Burgo.

o) El estanco y tienda de chuches de la señora Rosario y Seguros de su hermano Ángel. Muy amante de los animales. 

p) Albañil Sr. Silvano.  Fino con la paleta...

q)  El bar y casa de meriendas de Casa Calvo. José, Teodora, Guadalupe, Antonio... de conejos y liebres de caza, cabezas asadas... Y la ronda que salía con bandurrias, violines y guitarras…

r) Tienda de Víctor y Eusebia, la amabilidad en persona. 

s) La zapatería de Eugenio Escabués. Medias suelas y tapas. 

t) Practicante, matrón, botiquín y barbería de D. Rafael. Aquellas jeringuillas... A tantos y tantas nos trajo a la vida...

u) La tienda de Isabel del Calderero. Una institución. Trueque. Judías y/o trigo por azúcar, una camiseta... Su padre, Antonio, arreglaba calderos. Estañador. 

v) Escuela de chicas de corte y confección en planta alta de Casa Isabel. Doña Trini. 

w) Cañizos, cestos, cuévanos… con berguizos y cañas en casa del Sr. Felipe Modrego. Aún están en muchos techos de nuestras casas. 

x) Leche en casa de Rosa y Emiliano. ¡ Qué buena! Y Rosa, siempre alegre. 

y) Peluquería de Antonio Sánchez. Una biografía, pendiente de escribir la de Antonio y El Club y su aportación al desaroolo de la infancia en Luesia

z) Matachines Sr. Gregorio en C/ Fuentecellas y Sr. Román en San Esteban: el caldero, la vacía, tener al tocino, escaldar, pelar, colgar, las muestras, salar, tempano, mondongo, mondonguera, morcillas, bolas, chorizos, longanizas...

 Y cerquita:

La iglesia de  San Esteban (hoy museo), que un año se hundió el Coro y no hubo desgracias personales con la iglesia llena… 

Y hacia El Pintón, el trujal de Casa Alejicos. (Sr. Urbano)

Y en las Estajadas las Escuelas Nuevas y Casas de los Maestros, impresionante obra que construyeron Felipe Rodríguez “El Francés, de León”, Antonio de Francho, Alejandro Cortés, Antonio de Casa Castilla... y el Bar Teveré, Kanguro… con tantas tardes y noches de diversión hasta las tantas con Jesús A. José Antonio Arteaga, Mercedes… y el Cine y Baile de Pascual Lacosta y la herrería del Sr. Leoncio, y ...


































GENTES DE LUESIA: ÁNGEL DE CASTEL





 

GENTES DE LUESIA. Los primos JOSÉ SABALZA



 


HISTORIA DE UNA GOLONDRINA ALPARGATERA LUESIANA. Feli Cortés Aibar. ¿Ficticia o casi real?



 1911. Chica luesiana va por primera vez a trabajar la alpargata en Mauleón (Francia)

Hoy me he enterado de algo que más parece un cuento que una historia de verdad.  Estoy acostumbrada a oír las fantásticas historias que la seña Petra, de casa Metruco, nos cuenta a los zagales algunas tardes, sentados en el banquero de casa Murriones, pero lo de hoy es todavía más increíble.

Gregoria, una vecina de mi calle, me ha contado que dentro de un mes se marcha a Francia a trabajar en una fábrica donde hacen alpargatas. Y que con ella van otras chicas y mujeres de Luesia.

Al principio no la he creído pues, aunque sé muy poco de otros pueblos, me imagino que esa Francia está muy, pero que muy lejos del nuestro. Y encima me dice que van caminando…

Según me iba contando recordé que Gregoria desaparecía de Luesia poco después de las fiestas de septiembre y tardaba mucho tiempo en volver. 

Qué extraño que nunca haya oído decir nada de esto en el pueblo, con lo que nos gusta charrar de todo y de todos. Me ha aclarado que era algo que no se decía y se guardaba en secreto en las familias, pero que me lo decía ahora porque ya tengo 14 años y a lo mejor me interesaba ir con ellas este año.  Gregoria, que tiene ya 18 años, me ha seguido contando que van a Francia para ayudar en casa, donde las cosas no van muy allá. Aunque yo sólo tengo 14 años veo que también en mi casa vamos escasos. Con lo poco que se saca del trigo, el huerto, las 2 cabras, el cerdo y algunas gallinas nos da tan apenas para no pasar hambre, sobre todo teniendo en cuenta que somos 6 en casa: mis padres y 4 hijos, yo la segunda.

He vuelto a hablar con Gregoria y ha seguido contándome cosas:

Como ya me dijo el primer día, hacen todo el viaje caminando. Cogen el camino que va río Arba arriba, siguen por Sibrana y todos esos montes altos que vemos desde el pueblo, y luego otras y otras montañas hasta llegar a una hondonada por donde pasa el río Aragón. Lo cruzan y pasan por pueblos cada vez más altos, hasta llegar a unas montañas muy altas que llaman Pirineos.

Aquí es donde empiezan los problemas de verdad, pues el terreno es difícil y lleno de barrancos profundos por los que hay que caminar con mucho cuidado para no caer al vacío.

El problema es aún mayor cuando empiezan a caer las primeras nevadas y el suelo se convierte en un barrizal. Cuenta que alguna persona ha fallecido por el frío y las fuertes nevadas, aunque nunca les ha pasado a ellas.

Al otro lado de los Pirineos está Francia y, según dice, allí las recogen en carretas y las acercan hasta la ciudad donde están las fábricas. Mauléon, dice que se llama.

Una vez llegan a Mauleón son acogidas en casas de otros españoles que llegaron antes que ellas y se establecieron allí, o en casas de franceses donde les dan alojamiento. La parte de Mauleón donde viven se llama “la haute ville”, que a saber qué querrá decir eso.

Las condiciones de trabajo son duras, con jornadas largas de hasta 12 horas diarias pero son jóvenes y lo aguantan. Eso sí, para ellas son los peores trabajos, incluso cobran bastante menos que los hombres haciendo el mismo trabajo.

Finalmente, cuando llega la primavera vuelven a Luesia, haciendo el mismo camino al revés. Y traen lo que han podido comprar con los sueldos recibidos, porque parece ser que no pueden pasar a España el dinero francés.

Esta parte de su historia es la que más me ha gustado, pues traen cosas bonitas que no se ven por aquí: vajillas y ropajes, puntillas, calderos, hasta juegos de café de porcelana.

¡¡Uff, después de tantas charradas con Gregoria tengo la cabeza que me va a estallar!!  Ella sigue animándome a ir con el grupo. Voy a hablar con mis padres, aunque no creo que me pongan impedimentos. Estamos en septiembre, las faenas de siega y trilla han terminado, el invierno se acerca y poco puedo hacer para ayudar en casa. Además, si me voy a Francia habrá una boca menos que alimentar… y encima traeré cosas para la casa cuando vuelva en primavera.

He hablado con mis padres. Se han extrañado de lo que les he contado con tanto detalle, aunque algo habían oído.  Y me han dicho: a ver, Guadalupe, con solo 14 años no sabemos si podrás hacer el camino sin perjudicar al grupo. Yo también dudo de mis fuerzas, pero cada día que pasa estoy más ilusionada con ir a trabajar a Francia. 

Las charradicas que Gregoria y yo nos hemos pegado durante todo el mes hacen que poco a poco me vaya convenciendo y pierda los temores que tenía al principio. Además, me gusta la idea de salir del pueblo y conocer Francia, otras personas, otras costumbres…

Y por fin ha llegado el día tan esperado y temido, 7 de octubre, festividad de la Virgen del Rosario. A ella me acojo y, como no podía ser de otra manera, a nuestra querida Virgen del Puyal, desde cuya ermita sobre un cerro nos protege.

¡¡Ay!! Tengo el corazón en un puño cuando me despido de mis padres y hermanos, cojo mi hatillo con un par de mudas y me uno a Gregoria y otras 18 luesianas que vamos este año a Francia  y echamos a andar por el camino del Arba. 

Más allá, desconozco todo. El grupo, como una piña, hará posible llegar a nuestro destino; al menos eso espero…   

Continuará. Feli Cortés Aibar

Tras el relato-regalo de Maite Ojer, nos llega este otro de Feli Cortés desde el Barrio de la Virgen, barrio de alpargateras. ¿Y si lo que nos cuenta Feli fue cierto y verdad? Es muy posible que así fuera. Ella nos lo acerca de forma clara, sencilla y con mucho cariño. Muchas gracias.

Recomiendo su lectura como homenaje a las mujeres luesianas golondrinas alpargateras a principios del siglo XX, como Andresa Diarte Hecho, Benita Pueyo Aruej, Ciriaca Aquillué Loarre, Dorotea Heras Aquillué, Fernanda García Aragüés, Florentina Aquillué Loarre,  Gregoria Compaired Luna, Gregoria García Pueyo, Gregoria Martínez Casabona, Guadalupe Sánchez García, Josefa Cardiel, Josefa Sabalza, Juliana Arteaga, Justa Garcés Caraballo, Justina García,  Leona García Ojer, María Aquillué Loarre, Pascuala Arteaga,  Pascuala Diarte Diarte, Pedro Compaired Luna, Petra Sánchez y Teodora Sánchez García...