LAS RECUEJAS DEL ARBA.
RECUEJAS Y "RECUEJEROS/AS"
Si le dijéramos a un joven que de críos/as nos tocó vivir y trabajar en "la recueja", la mayoría no sabrían a qué nos referimos. ( No lo miren tampoco en internet)
Son vocablos del pasado, de cuando nuestras familia, abuelos/as y bisabuelos/as, para vivir y sobrevivir dependían de la tierra, las plantas y los animales.
Las recuejas eran pequeños trozos de tierra en los extremos del Arba, donde se sembraban las patatas, judías, lechugas… que a veces se llevaba una tormenta río abajo… Por eso, José Luis Escabosa, me dice que las escrituras de las recuejas las tiene Santo Domingo y el Registro de la Propiedad está en Tortosa. A buen entendedor…
Recupero una entrevista a Carmelo Bernal Mena, que vivió aquellos tiempos y que puede ayudarnos a entender aquella realidad, olvidada demasiado pronto.
Carmelo recuerda una niñez feliz y sin problemas. Le tocó vivir los años 60, tiempo de carestía y de subsistencia porque el dinero era escasísimo. No se pasaba hambre pero no sobraba de nada. Se sabía vivir con muy poco, con lo imprescindible y había que conformarse con lo que había.
Recuerda su infancia "disfrutando" del Arba por las "recuejas" del Corral Blanco pescando “a mano” o a pedradas, las ranas, culebras, madrillas y barbos; cogiendo huevos y crías de los nidos, cazando conejos… En los pozos del Arba, aprendió a nadar. Usaban poca ropa porque iban todo el día medio desnudos y hasta “en chinchetas”. En las casetas del ARBA muchas familias vivían desde finales de junio hasta primeros de septiembre, la “vispra” de las fiestas.
La caseta era a la vez y en el mismo espacio: la cocina, la despensa, el salón y los dormitorios. El water se pueden imaginar donde estaba: en el monte. En la caseta se guisaba con fuego de leña, se comía y se dormía encima de la paja, sobre un mandil y con una manta.
A muchas familias de Luesia, igual que a la familia Bernal-Mena, nos tocó vivir en el monte, en casetas, pardinas, barreras y corrales en tiempos veraniegos de siega y trilla. Y había buena relación y solidaridad de unas familias con otras ayudándose unos a otros en lo que hiciera falta, compartiendo lo poco que había, dejándose una caballería...
Desayunaba todos los días leche de cabra con remojones de pan duro, que su madre hacía en una caldereta o sartén. Para almorzar jamón o chullas de témpano blanco de tocino. La comida de cada día era la misma: buen rancho de conejo y de postre cerezas o cascabeles. Comer pollo era excepcional. Se comía en el suelo formando un corro alrededor de la sartén, dentro de la caseta o en la sombra que daba, sentados en zoques de carrasca o de chopo. Para merendar, buena ensalada y algo de conserva en aceite de cerdo como lomo, costilla, o longaniza. Y cenar… alguna fritada, huevos y una sartén de patatas fritas. El menú cambiaba poco de un día a otro. Y qué bueno estaba todo… porque no había nada que no nos gustara.
Carmelo recuerda su infancia con cariño y dignidad. No la olvida. “Éramos felices a nuestra manera”… porque las necesidades eran mínimas, básicas y centradas en la alimentación de cada día.
Las "recuejas" eran costosas de trabajar porque tenían muchos ruejos pero proporcionaban frutas, verduras, hortalizas variadas, judías, patatas, maíz y remolacha para los animales... las gallinas huevos bien frescos y naturales, el monte conejos y liebres, la cabra la leche y el tocino... lo demás.
Todas semanas había que ir al pueblo con el burro Moroto y la carreta a buscar el “companaje”, especialmente pan, algo de carne o conserva, vino y alguna gaseosa en polvo. "Moroto" tiraba de la carreta para recoger la basura por todo el pueblo. Murió electrocutado al morder un cable.
Los pollos los bajaban del pueblo en cajones para ir matándolos poco a poco. Después de segar, los dejaban en los rastrojos para que “respigaran” las espigas de ordio, cebada, centeno o trigo. Por la noche, para que no se los comieran los rabosos los pollos se echaban a lo alto, y volaban a las ramas de la carrasca donde dormían seguros.
A Carmelo le tocaron todos los trabajos propios del campo y sabe hacer de todo: picar, segar, dar gavillas, trillar, sembrar judías, entrecavar, regar, achotar... y recuerda de bajar a Biota para vender judías secas, cerezas y cascabeles… en las "argaderas" y capazo de mimbre con el que cargaban al burro Maroto, aparejado con una vieja albarda.
Pero Carmelo y su familia era una familia más de las muchas que tenían recuejas por El Arba para sobrevivir: Los Turrones, Casa Macaria, Campo Rizau, Angel Escabués “Gogolo” y su hermana Josefina, Pedro Bernal, Silvestre, Jacobo García, Rafael Arteaga, Manuel Navarro, Luciano García, Casa Dominguín, Ángel de Josepín, El Chanco, Juanaza, Pablico, Valentín de Clara, Bergueros, Casa Jatorrio, Celestino, Casa Nariz, Pablo García en Guallar...
Aportaciones de Julio Garde Lopez
Junto con la huerta de Río Villa ( desde Formayor al Molino Alto) y la huerta de Grota eran el 90 % del " granero" de judías q se cultivaban en Luesia.
También podrían considerarse recuejas, los campos o planos cercanos al ARBA que con riadas se completaban como recuejas, aunque fuera parcialmente al ser anegados: Campo Raso, La Nata, Melero, Cuquín, Bal de Neit, el Batán, Valero de Obispo, Casquetes, Guallar, Pedro Nuestro, San Vicente, Santa Coloma, el Pájaro, Castejonero, corrales Blanco y del Cura, Pau de la Torre, Pedro Nuestro, S Vicente, Sta. Coloma, Fornillo, Campaña, Huerta de Juana, Bal de la Nueit, Melero,, Valero de Obispo, Casquete, Guallar, Pájaro...
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